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Bolívar en Colombia: conservador y revolucionario.

 

La figura histórica de Simón Bolívar se fue conformando de manera muy diferente en los tres países que hicieron parte de Colombia. El caso venezolano ha sido estudiado en forma exhaustiva por Germán Carrera Damas, Elías Pino Iturrieta y otros. Había sin duda una urgencia peculiar, pues desde la segunda mitad del siglo XIX la figura de Bolívar y sus ideas políticas y sociales se usaron con frecuencia en diversos proyectos políticos. El caso de Ecuador, cuyos gobernantes fueron los únicos que respaldaron al Libertador en 1830, cuando la Nueva Granada y Venezuela le daban la espalda, fue analizado, breve pero eficazmente, por Enrique Ayala.[1] En el caso de Colombia, hasta donde puedo verificarlo, nadie ha intentado seguir en detalle la forma como se fue configurando la imagen histórica de Bolívar ni sobre su invocación en las controversias y conflictos del país.[2]

Por supuesto, el peso del Libertador en nuestra vida ha sido mucho menor que en Venezuela, pero es importante. También en Colombia, cuando las calles tenían nombres, todos los municipios tenían la avenida o calle de Bolívar, y hoy en todos la plaza central lleva su nombre, con un puñado de excepciones: Cali y Medellín le dieron a sus plazas principales el nombre de figuras locales, Pasto tiene la Plaza de Nariño y en Villa de Leiva se sigue hablando de la Plaza Mayor. En ningún sitio, hasta donde logro establecerlo, la Plaza o Parque de Santander, que existe en varios lugares, es la plaza cívica por excelencia.3]

Sin embargo, no existe en Colombia un culto establecido al Libertador. Apenas en algunos momentos se trató de convertirlo en ejemplo de dedicación al bien común, en icono al que se rinde reverencia o invocar el pensamiento bolivariano como guía y orientador de la vida nacional. Estos esfuerzos no lograron crear un culto continuo, y solamente se han mantenido, como capillas en las que se ofician ritos más retóricos que significativos, como en algunas Sociedades Bolivarianas. Ni siquiera los centenarios de su nacimiento y su muerte produjeron celebraciones fastuosas o masivas, con excepción del de 1883.

La conformación política del país a partir de 1830 hizo que Bolívar fuera escogido, aunque sin mucha insistencia, como imagen tutelar del conservatismo, mientras que los liberales lo rechazaban. Después de 1880 algunos liberales se interesan por incluir a Bolívar en su panteón. Y en los últimos 50 o 60 años ha comenzado a extenderse una corriente que invita a adoptar el pensamiento bolivariano, profundamente transformado, como orientador de un cambio revolucionario. Sin embargo, hoy, fuera de la guerrilla y de los sectores que le dan respaldo, es difícil encontrar en Colombia un bolivarismo activo, y quizás un efecto de la ocupación del pensamiento de Bolívar por la guerrilla y por movimientos políticos que la miran con algo de simpatía ha sido la salida silenciosa y sin muchas polémicas, de otros sectores de opinión de la ciudadela bolivariana

En esto puede influir uno de los mecanismos examinados con agudeza por Carrera Damas: incorporada la imagen positiva del libertador a las mentalidades populares, en parte por la propaganda estatal que trató de promover su culto, todos los partidos encuentran útil arroparse en la imagen del héroe, aunque esto implique una deformación, más o menos interesada, de la información histórica, o al menos una selección parcial de los elementos del pensamiento y la obra de Bolívar, que parecen compatibles con el propio ideario.

Por supuesto, el hecho elemental de que Bolívar sea caraqueño influye en esto: no es fácil para un país poner en el centro de su santoral cívico una figura nacida fuera de sus confines contemporáneos. Pero para comprender el lugar de Bolívar en nuestras controversias, hay que tener en cuenta otros factores todavía más fuertes.

El primero, me parece, tiene que ver con la forma como se organizaron los partidos políticos en Colombia. Estos, casi desde sus orígenes, tuvieron una gran influencia en la formación de las lealtades individuales de los colombianos, y es posible trazar una línea sin soluciones de continuidad entre los grupos que dividían a los ciudadanos en 1828, y los que hoy se siguen llamando liberales y conservadores. Estos partidos liberal y conservador, con una vigencia histórica de 180 años, se configuraron formalmente en 1848-1849, pero desde ese momento podían, sin forzar demasiado los hechos, retrotraer sus orígenes a los conflictos de 1827 y 1828. Y esos conflictos tenían como sus cabezas a Bolívar y a Francisco de Paula Santander.

Desde entonces, los dirigentes de los partidos políticos colombianos reclamaron, con insistencia variable pero sin abandonarlo nunca, el recuerdo de Bolívar como inspirador del partido conservador, y el de Santander, del partido liberal. En los momentos de enfrentamiento ideológico, esta contraposición se hizo más aguda, y los conservadores rechazaron a Santander, mientras los liberales miraron con desdén a Bolívar. Sin embargo, fue frecuente el esfuerzo por minimizar esta contraposición: los liberales trataron de definir, en varios momentos, aquellos elementos de la herencia de Bolívar que podían reivindicar para no rechazar a uno de los fundadores de la nación; los conservadores adoptaron a veces una imagen de Santander, que subrayaba los rasgos menos contrapuestos a su ideología.

Cuando la tolerancia entre los partidos parecía una exigencia de la vida nacional, rechazar al héroe identificado con el otro parecía una continuación de los sectarismos que debían proscribirse. Además, a medida que la memoria directa de la independencia se reducía por la muerte de los herederos y amigos de los próceres, ciertos elementos personales de odio disminuían, de modo que los ataques a Santander perdieron interés como elementos de polémica entre los conservadores, así como los ataques a Bolívar se hicieron menos frecuentes en el arsenal liberal.

En todo caso, los colombianos, al evocar la independencia, han tenido siempre la posibilidad de escoger un héroe favorito: Bolívar, el libertador, el genio, el ejemplo de generosidad y virtudes heroicas, el trágico e infatigable guerrero venezolano, el promotor del orden, el defensor de la integración hispanoamericana; o Santander, el neogranadino, el administrador público, el defensor de las instituciones, el hombre de las leyes.

Esta contraposición arrastraba otros contenidos. Elegir a Santander era escoger el civilismo contra el militarismo, la democracia liberal contra la dictadura autoritaria, la participación popular frente al gobierno de minorías con pretensiones aristocráticas. Se trató de convertir su figura en la imagen por excelencia de uno de los más fuertes elementos del mito nacional: la idea de que Colombia, a partir de 1830, había tenido un rasgo excepcional en América Latina, si acaso compartido con Chile: el mantenimiento de gobiernos electivos, civiles y democráticos. Elegir a Bolívar era escoger el orden contra la anarquía y la demagogia, preferir instituciones que respondan a la tradición y la cultura del país y no a utopías ajenas a la experiencia local, y era elegir la religión frente al laicismo o el ateismo.

Estas son, por supuesto, simplificaciones, y la narración que haré tratará de mostrar hasta cierto punto las complejidades de una historia inabarcable. Hasta cierto punto, subrayo: es imposible, en el tiempo de esta exposición, seguir con mucho detalle los matices, contradicciones e implicaciones de las diferentes posiciones y me limitaré a trazar un cuadro general, con gruesas pinceladas, que otros podrán completar y enriquecer.

Después de la independencia, la imagen de los héroes se configura en un proceso en el que participan los dirigentes políticos, las autoridades públicas, los historiadores y periodistas y el sistema educativo. Generalmente el debate alrededor de la figura de Bolívar o de Santander lo hicieron historiadores y publicistas con participación amplia en la vida política, o políticos con vocación de periodistas y ensayistas. Por eso, más que analizar los esfuerzos eruditos por investigar los procesos de independencia, que son insuficientes y escasos en Colombia, trataré de identificar los textos que tuvieron más impacto en la opinión pública, los que más contribuyeron a conformar una imagen u otra del Libertador

I.                   Bolívar y Santander. (1830-1880)

La muerte de Bolívar permitió un breve triunfo a sus enemigos. Entre 1830 y 1837 una frágil coalición unió a los civilistas neogranadinos de todos los matices alrededor de Santander. Los bolivarianos se fueron al exilio, se retiraron a la vida privada brevemente, o se ocuparon en cargos menores. Pero a partir de 1837 moderados y bolivarianos se unieron para formar el núcleo de lo que sería el partido conservador. Ellos reivindican la figura de Bolívar y a partir de 1842 comienzan a recordarlo con afecto, mientras se hacen actos de desagravio. En ese año se trasladaron sus restos a Caracas y poco después José Ignacio Paris, un viejo amigo del Libertador, le encargó una estatua a Pietro Tenerani. Destinada a la Quinta de Bolívar, terminó en 1846 en la plaza principal, que recibió a partir de la fecha el nombre de plaza de Bolívar. En estas conmemoraciones se recuerda su acción heroica, pero no se hace un gran énfasis en su pensamiento, pues todavía la dictadura se ve con desvío, además de que se identifica con la presencia de los ejércitos venezolanos. Por otra parte, los primeros conservadores subrayan su civilismo, lo que modera el bolivarismo.

Sin embargo, no hay que olvidar que desde 1827 se había publicado un primer monumento a la gloria de Bolívar, la Historia de la Revolución, de José Manuel Restrepo. Bolívar aparece allí como “un hombre solo dando unidad y haciéndose el centro de la revolución”, el demiurgo que “formó como de la nada el ejército de Colombia que ha dado independencia a la república”.[4] En la edición de 1827 las virtudes de Bolívar son modelo e imperativo moral, y su carácter de protagonista del proceso de independencia se refuerza en la versión de 1858. Sin embargo, aunque la obra muestra una actitud reverencial hacia el Libertador, su tono es objetivo y al menos levemente crítico. Se escribió cuando todavía triunfaba la revolución, antes de los enfrentamientos de 1828 y de las emociones que aceleraron su muerte, como hombre solitario y rechazado. Santander, por su parte, recibe un tratamiento algo más crítico que el de Bolívar, pero es siempre un patriota benemérito y un administrador eficiente y dedicado. El relato de enfrentamiento es cauteloso y Restrepo prefiere insistir en que ambos dirigentes fallaron en su obligación de buscar un compromiso que salvara a Colombia de su disolución.

Restrepo fijó el tono moderado para recordar a Bolívar entre sus mismos amigos conservadores. Entre 1830 y 1880 no fueron muchos los esfuerzos por reivindicar su memoria. José Eusebio Caro, fundador del partido conservador con el conspirador de 1828 Mariano Ospina Rodríguez, publicó un breve artículo en 1842[5] y en sus artículos de 1849 sobre la historia de los partidos, rechazó la identificación entre Bolívar y los conservadores, y de Santander con los liberales.[6]. Pero el más interesante trabajo es sin duda la evocación del general Joaquín Posada Gutiérrez, cuyas Memorias, en especial el tomo I, publicado en 1865, ofrecen una imagen desencantada del proceso de la independencia y una visión trágica del Libertador: allí aparecen la historia de la discordia, el puñal parricida, la muerte de Sucre y la muerte de Bolívar.[7] Miguel Antonio Caro aprovechó la publicación del tomo II de las Memorias, en 1881, para trazar un vigoroso contraste entre Bolívar y Santander: éste es descrito como un funcionario cruel, con una mentalidad militar “ajena a nuestro carácter nacional”, que había compartido en general las ideas políticas de Bolívar y se había separado de él por rivalidades personales. Caro, siguiendo los pasos de su padre, trata de mostrar que Santander era centralista, católico y autoritario, y que nada es más arbitrario que la pretensión del esfuerzo liberal de presentarlo como precursor de su partido.[8]

Este esfuerzo liberal había sido mucho más activo. Las memorias de los principales participantes en los acontecimientos de 1828 –Florentino González, Francisco Soto, Francisco de Paula Santander- fueron usualmente muy polémicas y reivindicativas, y esbozaban una narrativa en la que el santanderismo aparecía como defensor de la libertad, la legalidad y la constitución frente a la arbitrariedad, el militarismo y el autoritarismo de Bolívar. Pero la primera interpretación de la historia de Colombia de 1810 a 1830 desde el punto de vista naciente del liberalismo, fue la de José María Samper. En los Apuntamientos parta la Historia Política i Social de la Nueva Granada, publicados en 1853, el joven escritor escribe la historia de su generación a la luz de los ideales liberales. El autor había nacido en 1828, “en la época azarosa de la dictadura de Bolívar”, y ve la historia como un conflicto entre el progreso y la reacción.[9] Los héroes de la independencia, encabezados por Bolívar, el genio militar “más grande que haya conocido el continente americano”, lucharon contra España buscando la independencia, pero no todos compartían la necesidad de establecer inmediatamente la democracia y la libertad. Así, en 1821 habrían transado con fuerzas del pasado para crear un monstruo constitucional que mezclaba los ejemplos de Estados Unidos y de Inglaterra: la democracia y la aristocracia. Al no atreverse a formar una constitución realmente democrática, con una representación popular amplia basada en el sufragio universal y un sistema basado en la autonomía municipal, al escoger, por la influencia perniciosa de Bolívar, el ideal del gobierno fuerte y no destruir las bases de la desigualdad social y de la arbitrariedad económica, frenaron temporalmente la revolución[10]. A pesar de esto, los primeros años de Colombia fueron exitosos, pues una combinación afortunada –Bolívar en el campo de batalla, Santander en la administración- permitió avances importantes, hasta que el militarismo creado por las mismas guerras, representado por Páez y Mosquera, llevó a Bolívar a la destrucción de la constitución[11]. La oposición a Bolívar por parte de Santander y su grupo, el intento de imponer una constitución radical, democrática y federalista en Ocaña, reciben el entusiasta apoyo de Samper, e incluso encuentra justificada moralmente la conspiración septembrina, aunque políticamente inoportuna:

            Tal es el resultado de las conspiraciones! Ellas, por lejítimas que sean, casi nunca triunfan, i no sirven por lo común sino para aumentar el poder de los tiranos… Siempre los medios pacíficos, lentos pero seguros, dan un triunfo más espléndido la causa de la razón i de la justicia.[12].

Samper escribía en 1853, en un momento de triunfo liberal, cuando los herederos de Santander habían recuperado el poder y ensayaban el sufragio universal, la abolición de los monopolios, la libertad de exportaciones y cultivo del tabaco, la liberación de los esclavos, la libertad de prensa y enseñanza.

Pero esta euforia no duró. En 1854 un general de la independencia dio un golpe militar, con el apoyo de grupos artesanales y unos cuantos generales liberales junto con los conservadores y los civilistas liberales se unieron para derribarlo. Una nueva guerra civil en 1860-62, larga y destructiva, volvió a darle el poder a los liberales, pero esta vez bajo la orientación de un viejo bolivariano y antiguo conservador: Tomás Cipriano de Mosquera. Para los conservadores los años siguientes fueron terribles y mostraban que quizás la independencia había sido un error prematuro, pues no se había logrado establecer un orden social aceptable. Una expresión de este espíritu es la Historia Eclesiástica y Civil de la Nueva Granada, de José Manuel Groot, que exaltó en 1869 la contribución civilizadora de España durante el período colonial y atribuyo todo el desorden y el caos del siglo a los seguidores de Santander, a los demagogos, a los enemigos de Bolívar, que impidieron que el gran proyecto de éste se realizara: “Cuántos más servicios pudo haber hecho este grande hombre a su patria si las viles pasiones contemporáneas no lo hubieran empujado al sepulcro en toda la fuerza de su edad”.[13]

Miguel Antonio Caro, joven intelectual conservador, empezó en 1872 a reinterpretar el pasado nacional, tratando de mantener a los héroes de la independencia en su pedestal, mientras cambiaba el juicio del legado español. Para Caro, la independencia era el resultado de la madurez de la sociedad colonial: las colonias habían llegado a su mayoría de edad bajo el cuidado español y, como una hija que se emancipa, habían buscado su independencia, rompiendo temporalmente con la madre a la que debían su cultura y sus mismos ideales jurídicos. De esta manera las ideas e instituciones liberales se presentaban como ajenas a la cultura nacional, hispánica y católica, mientras que los representantes del espíritu nacional y los continuadores de la misma independencia son los conservadores, quienes reasumen esa tradición. Y por esto mismo, Caro destaca las críticas de Bolívar a la democracia liberal, en Angustura, Bolivia y Ocaña: esta sería ajena a la tradición nacional, contraria a la realidad de los pueblos o, en el mejor de los casos, prematura. Caro, junto con Sergio Arboleda, definen un bolivarismo conservador, autoritario, centralista, paternalista y católico, que será dominante en Colombia durante 100 años y cuyos ideales se incorporan en parte a la constitución de 1886, redactada por Caro. Después del desvío liberal, de los años de desierto y penitencia, el país, guiado por la providencia, reencontraba su alma en un ordenamiento conservador que se presentaba como inspirado en el pensamiento de Bolívar.

II.       La imagen de consenso y la regeneración (1880-1930)

 El liberalismo no tenía respuestas muy eficaces a la acusación reiterada de que sus instituciones habían llevado a la anarquía y el desorden. Entre 1861 y 1880 el problema del orden público fue central, y las instituciones federales parecían haber traído, como decía Rafael Núñez, muchas libertades y muchas revoluciones. Hacia 1880 varios de los dirigentes liberales estaban dispuestos a aceptar que un viraje era esencial, que había que tener más policía, más autoridad y más religión, aunque no tanta como los conservadores querían. La intrincada historia política de estos años conduce a una alianza de liberales moderados con el conservatismo en la que los conservadores señalan el rumbo.

Mientras los liberales moderados se preparan para transar con los conservadores, los intelectuales y periodistas conservadores promueven la imagen del Bolívar, que respalda las nuevas instituciones y el regreso de la nación al buen camino. Entre 1880 y 1890 se multiplican las publicaciones y celebraciones bolivarianas y Bolívar invade la prensa nacional. El centro de este trabajo está en el Papel Periódico Ilustrado, el primer semanario ilustrado, la publicación más exitosa y llamativa del país entre 1880 y 1888. Sus directores Alberto Urdaneta y Manuel Briceño, habían sido guerrilleros conservadores en 1876 y 1877, pero son ahora moderados. La revista no quiere estar identificada con un partido y cuenta entre sus colaboradores algunos liberales notables. Sus artículos narran las luchas de la independencia pero sobre todo tienen a Bolívar como tema central y lo presentan como el héroe de todos los colombianos. Desde 1881 se preparan para la celebración del centenario del nacimiento del libertador. El gobierno nacional y el gobierno de Cundinamarca, compuestos por liberales regeneradores, preparan celebraciones, encargan una nueva estatua del libertador para un nuevo parque de Bolívar, que posteriormente recibiría el nombre de Parque de la Independencia. Mientras tanto, el Papel Periódico Ilustrado publica poemas sobre Bolívar, artículos sobre su vida, analiza en detalle la iconografía del Libertador[14] y la divulga, reproduciéndola en retratos y medallones. Al lado de los elegantes grabados que reproducen la estatua de Tenerani, de la Plaza de Bolívar, se publica el exitoso poema de Miguel Antonio Caro, “Ante la estatua del libertador” que evoca su fracaso y anuncia el cumplimiento venidero de su sueño.[15] José María Samper, el vigoroso detractor de Bolívar 30 años antes, es ahora un bolivariano entusiasta con la energía del converso: Bolívar, dice en el mismo ejemplar que publica el poema de Caro, es:

[…] instrumento de Dios […] Cada una de sus palabras es una proclamación del derecho y el deber, que levanta polvaredas inflamadas para cegar a los tiranos.[16]

Las colecciones del Papel Periódico Ilustrado forman en las casas de las familias notables una enciclopedia bolivariana y el rostro de Bolívar entra de la mano de sus grabadores en la mente de los colombianos y en las páginas de las cartillas escolares.

Para conmemorar el centenario, Alberto Urdaneta propone una acción dramática que no se realiza: recorrer la misma ruta que hizo Bolívar en 1813 entre Santafé y Caracas. Finalmente Urdaneta y Briceño viajan a Caracas a las celebraciones venezolanas.[17] Allí, un incidente con Guzmán Blanco refuerza en algunos el civilismo del bolivarismo neogranadino: su insistencia en el civilismo. Manuel Briceño, uno de los más fervientes bolivarianos conservadores, el delegado que el presidente venezolano no quiso recibir en los actos oficiales, llega a Colombia a escribir un libro contra el dictador venezolano, Los Ilustres, Páginas para la historia de Venezuela (1884).

Los liberales también publican en el Papel Periódico Ilustrado. Salvador Camacho Roldan contrasta en 1881 el Bolívar libertador y revolucionario, que mira con simpatía y cuya grandeza exalta, con el Bolívar posterior a 1823. Para Camacho Roldan, Bolívar era el gran genio militar, pero sin la capacidad de gobernante de Santander. Exalta los dos grandes héroes: Bolívar, que logra la independencia y Santander, que crea la nación con su espíritu legalista y su preocupación por la educación de la ciudadanía. Esta contraposición servirá para que los liberales de 1880 a 1930, celebren un Bolívar revolucionario como el libertador, y un Santander legalista. Esto viene acompañado casi siempre de críticas al cesarismo bolivariano, en tono menor y, para mantener el equilibrio, a algunos actos autoritarios de Santander

La recuperación de Bolívar lo convierte en héroe tutelar, en ejemplo de generosidad y desinterés ciudadano, y se usa para reiterar la importancia del orden, del respeto a la religión, y sobre todo, de una organización centralista del estado. Nadie que respete el pensamiento de Bolívar puede aceptar un estado federal, rechazado ahora por los mismos liberales.

En todo caso, entre 1883 y 1930 –entre el centenario del nacimiento y el centenario de la muerte- se establece un consenso patriótico en el Estado, los partidos y el sistema escolar. Bolívar y Santander están juntos en el panteón nacional, y ambos partidos contribuyen a este consenso. La Academia Colombiana de Historia, creada en 1902, es parte activa de este consenso bienpensante, gestionado en un tono de cortesía y buen tono que prácticamente nunca se rompe.

III.              El Santanderismo y la república bolivariana [1930-1960]

 

Los académicos liberales, en especial Laureano García Ortiz, habían hecho un trabajo consistente de la recuperación de la imagen de Santander e impulsado la edición del Archivo Santander, amplia colección de documentos reunidos por Santander. El carácter bipartidista del proyecto hasta 1930, lo subrayaba el hecho de que el editor fuera el historiador conservador Ernesto Restrepo Tirado. El triunfo liberal de 1930, que rompe una hegemonía conservadora de casi 50 años, crea nuevas oportunidades para los liberales, quienes sienten que ha llegado el momento de revivir los proyectos más radicales. En 1936 imponen el sufragio universal, que habían ensayado en 1851, y asocian el gobierno con el sindicalismo, el socialismo y los movimientos de izquierda.

Se sienten entonces llamados a reivindicar con más fuerza a Santander y a rechazar con energía el bolivarismo autoritario, que identifican con las propuestas de cesarismo que se divulgan en Venezuela. La conmemoración, en 1940, de los 100 años de muerte del hombre de las leyes sirve para renovar la narración en la que los liberales defienden la democracia y la ley, frente a un conservatismo autoritario y enemigo del pueblo. De Bolívar, se reivindica su acción como guerrero y organizador de la lucha de independencia, como movilizador del pueblo contra España, pero se sigue rechazando su autoritarismo y su desconfianza de la democracia. Y ahora la imagen de Bolívar, en todas las escuelas, tiene a su lado la de Santander.[18] La contraposición de Bolívar y Santander reúne las virtudes de dos héroes. Alberto Lleras lo recordó, al responder en 1940 a los ataques de Laureano Gómez a Santander: si alguien podía escribir que Santander era un asesino, un traidor, un hipócrita, un ladrón, como lo hacía el jefe de la extrema derecha, era porque existía un sistema político liberal y democrático, y ese sistema era una herencia de Santander. No podía olvidarse “que en ese hombre tranquilo, reposado, meticuloso, un poco magisterial en las palabras, sentimentalmente frío, se encarnó con matemática precisión el artífice de las formas jurídicas en que se modeló la democracia colombiana” El contraste entre el genio ardoroso de Bolívar y el espíritu razonador y cauto de Santander:

 […] era necesario para el equilibrio político del país [… ]. El destino fue amable para los colombianos al depararles la posibilidad de que la esplendorosa estrella del Libertador encontrara en su curso, el brillo sosegado de la del general Santander.[19] 

Pero la visión conservadora empezó a cambiar en los años treinta, cuando los jóvenes e impacientes conservadores encuentran en nuevos pensadores europeos su inspiración. Maurras y la derecha, el culto a la violencia, Primo de Rivera y el pensamiento fascista y falangista los atraen. En 1946 Gilberto Alzate Avendaño decía que “las derechas colombianas son nacionalistas, bolivarianas y católicas”[20]. Según su principal biógrafo, “propugnó por una concepción autoritaria de la democracia. Tuvo a Bolívar como fuente genial de sus convicciones y deidad tutelar de la república”[21]. En 1938, inspirado por Vallenilla Lanz, escribía:

             El ideario político del Libertador ha sido partido en dos mitades contrapuestas, cuando en verdad es coherente dentro de la acción misma del héroe, pues al período revolucionario sigue la etapa constructiva, en que la revolución tiene que desmovilizarse […]. El anhelo mayor de una juventud devota y misionera es continuar en el tiempo la obra inconclusa y rota del Libertador, organizando la patria a imagen y semejanza de sus sueños. Esa es su revancha póstuma frente a la tierra ingrata y los hombres pequeños que lo negaron… El pensamiento político del Libertador y la doctrina social de la Iglesia son nuestros manantiales ideológicos. Bolívar significa para nosotros el clima heroico, el sentido trágico de la vida, la          noción dinámica de la tradición, la autoridad ante la anarquía, el orden contra la revolución.[22]

 

Estas ideas fueron adoptadas eventualmente por los dirigentes nacionales del conservatismo, interesados en presentar al liberalismo como portavoz de principios ajenos a la nacionalidad, como mascarón de proa del protestantismo, la masonería y el comunismo. Ya en 1940 Laureano Gómez había reiniciado la guerra ideológica contra Santander. Autoritario y asesino, fríamente cruel, violento, avaro, parsimonioso y calculador, Santander era el ejemplo de la pura hipocresía, del respeto aparente de la ley mientras la usaba en beneficio propio y era promotor de la democracia y el igualitarismo. Elegido presidente en 1950, Gómez cedió el puesto a un designado y gobernó en la sombra, bajo la inspiración, según sus asesores, de Bolívar. Un texto de esta época dice:

            Cristo y Bolívar alumbran el camino de la grandeza colombiana. El actual gobierno, se ha empeñado en restaurar en escuelas, colegios y universidades, la enseñanza de juventud […] el glorioso ideario cristiano y nacionalista del libertador. La actual administración, orientada por dos egregios bolivarianos, los excelentísimos señores Laureano Gómez y Roberto Urdaneta Arbeláez, ha juzgado necesario establecer en las universidades y colegios oficiales y privados de la República, una cátedra bolivariana dedicada a explicar la vida y el pensamiento del libertador.[23]  

Esta administración decidió además establecer una constitución que, buscando liberar al país del mito del sufragio liberal, pusiera en práctica las ideas de democracia restringida atribuidas a Bolívar: presidencia de seis años, la mitad de los miembros del congreso escogidos por fuera del sistema electoral, incorporación de los valores morales que debía seguir la nación.

Los ideólogos más notables de esta República Bolivariana de mediados de siglo fueron Jesús Estrada Monsalve y Lucio Pabón Núñez. Retomaron la interpretación de Caro sobre la revolución y sobre Bolívar: un héroe que, a pesar de algunos errores juveniles por influencia del enciclopedismo, termina expresando el más profundo realismo sobre el país, al descubrir después la revolución que el único proyecto posible y realista de gobierno estable y ordenado es el que rechace el liberalismo y la democracia electoral, y se apoye esencialmente en la reivindicación de los valores de una sociedad cristiana.[24] Pabón Núñez, además, desarrolla un método interpretativo que le permite manejar los textos en los que Bolívar parece decir algo contra su interpretación. La conciencia del realismo del libertador:

 […] nos debe conducir para interpretar frases sueltas del Genio. De cuando en cuando leemos en sus escritos ciertas maneras de decir que nos recuerdan sus moceriles aficiones liberalizantes; pero si las confrontamos con lo que la observación de la realidad más tarde le sugirió, encontraremos que en el conjunto de su obra estas frases deben desaparecer por [ser] errores.[25] 

Sin embargo, como en 1828, la constitución no puedo expedirse y un golpe militar llevó al poder en 1953 al general Gustavo Rojas Pinilla, quien anunció que seguiría gobernando como “personero de los deseos más auténticos de Bolívar”[26] Los mensajes de la Oficina de Prensa de Palacio comenzaban: “Con el nombre de Bolívar, Libertador y padre nuestro[27], y con la fe en los principios cristianos, este gobierno desea […]”. La idea era promover al dictador como Segundo Libertador, y las imágenes de Bolívar y Cristo acompañaron, desde 1954, todas las apariciones del gobernante por la televisión hasta su caída en 1957.

En cierto modo el ensayo de 1957 de Álvaro Gómez Hurtado[28] continúa la perspectiva de un Bolívar, cada mes más hondamente conservador, conscientemente contrarrevolucionario, que más que el rechazo al centralismo o al autoritarismo presidencial -temas contingentes y discutibles- representa el rechazo radical a las repúblicas aéreas, a la idea liberal de que era posible transformar la realidad a partir de las instituciones, al mito de la perfectibilidad del ser humano, a la que contrapone el sentido realista de que las instituciones deben corresponder a la realidad social. Bolívar es ante todo el verdadero contrarrevolucionario: descubrió en su experiencia trágica que la revolución es ingobernable, una hidra de cien cabezas, a la que no puede servirse sin arar en el mar. Lo que hay que hacer es controlarla, contraponiéndole la tradición, gobiernos fundados sobre “nuestras costumbres, nuestra religión y nuestras inclinaciones, y en última instancia, sobre nuestro origen y nuestra historia.[29]

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IV.              Hacia un Bolívar revolucionario: la fase popular y democrática [1940-1960]

 

Fue Manuel María Madiedo el primero de los escritores colombianos que ofreció una interpretación de Bolívar que se salía de la contraposición entre liberales y conservadores. Según Madiedo, que escribía en 1858:

            El pueblo, la masa, se puso a contemplar lo que había ganado en la sangrienta lucha de la independencia […]. Se encontró pobre, mutilado, explotado en su sangre para la guerra y en su sudor para la paz; y en medio de las más bellas leyes, los hombres por cuya libertad se había sacrificado, todavía lo llamaban la plebe, la canalla; y le dieron un puntapié cuando quiso ser algo […]. Donde estaban sentados los españoles de Europa, se sentaron los españoles de América. [30] 

Para Madiedo, mientras las instituciones nuevas conservaban la desigualdad, el ejército era la única forma de democracia. Por esto “la democracia del sable”, que era la de Bolívar, tenía:

más títulos a la república que las estudiadas clasificaciones de lo que entonces se llamaba el partido civil. El partido civil, aunque profundamente aristocrático, oponía sus leyes impotentes y sus tradiciones poderosas a esa democracia semi-salvaje, sin más brillo que el lustro de sus armas victoriosas. . El ejército era una democracia de hombres afilados bajo la dura ley de la ordenanza militar […]. Podía decirse que en esos tiempos la República estaba en el cuartel […].[31] 

La visión de Madiedo, aunque incluía críticas a Bolívar y explicaba su fracaso por apoyarse en sus coterráneos venezolanos, lo que le enajenó el respaldo neogranadino, implicaba ante todo una crítica muy fuerte a Santander y el liberalismo. En su opinión: “Alrededor de Santander se agrupó el antiguo criollaje, vestido de todos colores, buscando la antigua preponderancia, al arrimo del orden civil de que Santander se había hecho el patrono”. Santander arma su poder con una “clientela de empleados”. Ese antiguo criollaje quería mantener las jerarquías coloniales, y para hacerlo, se apoyaba en sus leyes impotentes:

            La teoría de Santander era cualquier cosa con tal que eso fuera una ley […]. Acaso valen las leyes escritas, cuando las leyes de una educación viciada tienen hondas raíces en las conciencias populares? Un hombre que no es más que fiel al cumplimiento de las leyes no es tampoco, ni puede llegar a ser más, que un buen empleado público”. [32]

Contrapone el gobierno y la realidad social: en aquella, “la ley escrita lo da todo”, pero “qué es lo que realmente hay? La burla”.Para nada sirven entonces “esos cuadernos con leyes de papel sin apoyo en las costumbres, ni en el carácter de los mismos que las habían dictado”. Pero tampoco está Madiedo muy a gusto con los conservadores, que tomaron la herencia de Bolívar. En su opinión, después de 1830 los partidos compartieron su defensa del pasado, de las jerarquías antiguas: los unos mediante los gobiernos autoritarios, los otros mediante las mentiras de la ley. Liberales y conservadores mostraron “el mismo espíritu mezquino godo e insolente de familia, la misma ambición interesada, las mismas inconsecuencias de hacer hoy lo que se censuraba ayer, […]. Al oírlos, todos son patriotas, desinteresados, amigos de la justicia y de la moral. Lástima que esto no sea más que una falsa moneda […].”[33]

Como vemos, hay varios tópicos que reaparecerán un siglo después: la contraposición entre una democracia real, representada por Bolívar, y el formalismo legalista de Santander. Así mismo, la idea de que los cambios legales no tenían impacto real, aunque declararan la igualdad, porque no se apoyaban en las costumbres, en las tradiciones locales. La democracia bolivariana, la democracia del sable, lo era ante todo por su voluntad de romper las castas, para lo cual, la escuela del ejército era el mecanismo más efectivo. Había la sensación de que la revolución había sido una promesa incumplida por ambos partidos. Madiedo, confusamente, le atribuía a Bolívar valores democráticos y revolucionarios más profundos que los de los partidos, identificados con formas diferentes de oligarquía.

Curiosamente, esta interpretación no parece tener seguidores durante muchos años, aunque la crítica al santanderismo de Fernando González es similar, y, como la de Madiedo, resulta tan hostil a los liberales como a los conservadores. Pero su argumentación, se mueve en un terreno totalmente diferente: sus dos obras relevantes, Mi Simón Bolívar, de 1930 y Santander, de 1942, plantean una aproximación voluntariamente arbitraria a los dos héroes, una identificación psicológica, para tratar de encontrar su verdad. Y la verdad de Bolívar, expresada en un libro que se escribió con ocasión de los 100 años de su muerte, es la grandeza del genio apoyado en la democracia popular, mientras que la de Santander es la miseria del hipócrita que apela a la ley para engañar a todos: un falso héroe. Esa verdad de Bolívar tiene que ver con su voluntad de romper con las oligarquías, con los poderosos del dinero, para establecer un diálogo directo con el pueblo, un gobierno para el pueblo aunque no sea del pueblo. De este modo, su visión enlaza con la del cesarismo democrático, y le permite ofrecer una visión positiva de Juan Vicente Gómez, a quien juzga el único seguidor real de Bolívar.

El Partido Comunista de Colombia, por su parte, compartía en lo esencial la visión liberal de Bolívar. Ante la divulgación de la terrible biografía de Marx, publicada en 1936 en Buenos Aires y reproducida en El Tiempo de Bogotá en el mismo año, Gilberto Vieira, un importante dirigente comunista, reivindicó en 1938, en Sobre la estela del Libertador. El criterio marxista acerca de Bolívar, la visión liberal, aunque formulada en términos del materialismo dialéctico. Según Vieira, Bolívar fue un gran revolucionado, que encabezó la lucha contra el imperio feudal español, un luchador anticolonial de una pasión incomparable con la de otros dirigentes de la época y un defensor de la unidad de las naciones hispanoamericanas, que había caído después en posiciones dictatoriales y antidemocráticas. Vieira consideraba que la biografía de Marx no era aceptable puesto que además de estar basada en fuentes sesgadas no era, en un sentido estricto, una obra marxista.[34]

En todo caso, los años de 1940 a 1952 representan un momento de reformulación del legado de Bolívar desde una perspectiva popular, que combina el liberalismo de izquierda con un socialismo de raigambre nacional. Participan en este proceso Milton Puentes, senador liberal, y los intelectuales de izquierda Antonio García e Indalecio Liévano Aguirre. Estos habían intentado, en 1943, formar un movimiento socialista democrático orientado por Gerardo Molina, que se disolvió pronto. Liévano se dedicó a terminar su biografía de Núñez, que representa un vuelco en la historiografía liberal porque es hostil a la tradición de Santander y al radicalismo dentro del liberalismo, y favorable a los caudillos militares. El liberalismo popular es el de Bolívar, el general Melo, el general Mosquera y Núñez,[35] mientras que santanderistas y radicales son los representantes de un liberalismo burgués y antipopular. García fue un gaitanista fervoroso hasta 1948, cuando el bogotazo lo hizo salir del país. Regresó en 1951 y publicó la Democracia en la Teoría y en la Práctica, un texto que defiende a dirigentes populistas como Gaitán, rechazado como fascista por los comunistas.[36] En forma coherente, García apoyó la dictadura militar de Gustavo Rojas Pinilla, y trató de darle un contenido más social y radical. A su influencia se atribuyen los intentos de crear un movimiento sindical que rompiera con el dominio de los partidos tradicionales en el sindicalismo nacional, y los proyectos de última hora de nacionalizar los bancos.

Liévano Aguirre empezó en 1947 a anticipar lo que sería su Simón Bolívar, publicado en 1950, subrayando en primer lugar el carácter social de la lucha bolivariana, caracterizada, siguiendo a Madiedo, por la quiebra de las estructuras de castas coloniales, la emancipación de los esclavos y las medidas de igualdad racial. El segundo criticó el legalismo de Santander, máscara que recubría una política antipopular y de defensa de intereses de la oligarquía. Y finalmente acentuó la visión continental, a la que dio especial énfasis, pues consideraba que la coyuntura mundial de la postguerra hacía otra vez posible el sueño de unidad hispanoamericana de Bolívar, revivido por las luchas contemporáneas contra el colonialismo y los imperios, por la necesidad de una integración de los países pobres del mundo para enfrentar a los países que los explotan y oprimen.

Antonio García, en La Democracia en la teoría y en la práctica, cuyos argumentos resume en el artículo de 1952 “Bolívar, general revolucionario”, se separa algo de Liévano, a quien atribuye una versión rosa de Bolívar y al que reprocha que apruebe incluso su época contrarrevolucionaria y dictatorial, pero se mueve en un registro muy cercano a él.[37] Para García “la historia de Bolívar está dividida en dos partes; una de transformación de las guerras en una revolución social; otra, de frustración de la revolución”. La frustración lleva al golpe de estado que estableció la dictadura, y que representa el sometimiento de Bolívar a las fuerzas contrarrevolucionarias, apoyadas en un ejército temeroso del radicalismo y formado por la misma revolución social: esto explica que en ese momento aceptara prohibir a Bentham, apoyarse en la iglesia y restablecer el tributo indígena que antes había combatido. “Habiéndose frustrado la revolución social, el viejo orden de los privilegios solo podía ser defendido por la fuerza […]”[38]. García matiza en cierto modo el retrato de los conspiradores santanderistas: advierte que su error fue no advertir que el pueblo estaba realmente en los cuarteles, pero ve en ellos los portavoces de un proyecto radical contra el feudalismo colonial.[39]. En Gaitán y el camino de la revolución colombiana, de 1955 recuerda al ejército libertador como “democracia de cuartel” –la descripción de Madiedo- pero concluye que precisamente de esos ejércitos surgió una “oligarquía […] incapaz de entender el problema de la liberación social y política”.[40]

García expresaba el sentimiento de los radicales de mediados del siglo XX, con su convicción de que hubo una revolución popular en la independencia, que se frustró por el control de las aristocracias latifundistas que controlaron los dos partidos colombianos, liberales y conservadores, y establecieron un sistema engañoso cuyo resultado no era “expresar auténticamente una voluntad del pueblo, sino suplantarla”.[41] Corrupción, fraude y violencia mantenían sometido al pueblo, tratándolo como una montonera inconsciente. Los comunistas, según García, se plegaron a la visión liberal de la historia, al esperar una etapa de revolución progresista burguesa. Confiaban en que los liberales los acompañarían en el esfuerzo de destruir los rasgos feudales del campo colombiano y el poder de la iglesia, y como el mismo Gaitán, se dejaron seducir por la “superstición santanderista” de “esperar una victoria política dentro de la ley y de creer que las grandes transformaciones pueden efectuarse aplicando las reglas institucionales de la sociedad tradicional y no creando sus propias normas de derecho”.[42]

En conjunto, la línea Madiedo-Liévano-García penetró en importantes sectores intelectuales. Los historiadores profesionales criticaron a Liévano por proyectar el mundo contemporáneo al pasado, en particular cuando, a comienzos de la década de 1960, narró la historia de Colombia como un enfrentamiento entre el pueblo, dirigido por conductores clarividentes como Alfonso López Michelsen y unas oligarquías encerradas en un liberalismo estrecho y burocrático, como el de Alberto Lleras Camargo. Lleras mismo, en su discurso ante la Academia de Historia en las celebraciones del 20 de julio de 1960, expresó sus inquietudes ante el intento de mostrar la historia “como una vasta conspiración oligárquica”.[43] E historiadores de izquierda como Gerardo Molina o Ignacio Torres Giraldo, han mantenido una posición más matizada. Molina, aunque describe la independencia como una revolución social estimulada por Bolívar, sobre todo entre 1816 y 1821, insiste, siguiendo las calificaciones del historiador venezolano José Gil Fortoul, en que el Libertador no era un demócrata, sino más bien un aristócrata que amaba el pueblo, un partidario del gobierno para el pueblo pero no del gobierno por el pueblo, y considera que creó un mito del ejercito, al contraponer al pueblo en armas con la juventud intelectual. Ante sus propuestas de 1826, dictadura, república autoritaria, senado hereditario y presidencia vitalicia, la reacción liberal y civilista expresaba la necesidad de mantener no solo la independencia sino la libertad.[44] Bolívar habría sido entonces mucho más revolucionario que el criollismo antes de 1821, pero más tradicionalista, militarista y conservador que el grupo civilista liberal encabezado por Santander a partir de 1825.

En un sentido similar, Torres Giraldo, que había sido secretario del Partido Comunista antes de Vieira, publicó en 1966-73, ya retirado de las luchas políticas, los dos primeros tomos de Los Inconformes, Historia de la rebeldía de las masas en Colombia, en los que intentaba dar una interpretación proletaria a la historia. Según él, el hecho de que la revolución hubiera dejado en pie muchos elementos feudales, que no hubiera dado plenitud de derechos a los esclavos e indígenas, creó el ambiente que llevó a Bolívar a encabezar la coalición militar, feudal y clerical, que en 1827 buscaba la dictadura a la que se opusieron los republicanos demo-liberales, defensores del estado de derecho y el gobierno representativo, dirigentes que, como los generales Obando y López, movilizaron al pueblo contra la dictadura de Bolívar.[45] Torres, que ve en la revolución de independencia un movimiento de masas, considera que el hecho de que los dirigentes de la revolución hubieran sido militares e intelectuales ligados al “señorío feudal” explica que este movimiento de liberación nacional no “destruyese el régimen económico y social de la colonia”, aunque hiciese algunas reformas que transformaban la situación de las masas. Bolívar y Santander tenían en común este impulso revolucionario limitado, y si ve con más simpatía a Santander esto proviene del hecho de que éste al menos se mantuvo fiel, a diferencia de Bolívar, a los objetivos limitados de la revolución liberal. [46]

 

V. La fase revolucionaria: 1974-

 

Estos esfuerzos de reinterpretar a Bolívar desde un punto de vista popular, cercanos todavía a una visión de la historia que aceptaba partes de la narrativa liberal, producen, al unirse con la revaluación que estaban haciendo los historiadores marxistas, soviéticos y latinoamericanos, una visión más radical del Bolívar revolucionario. A ambas vertientes las une el afán de impulsar una transformación real en América Latina, un cambio social que establezca la igualdad. Y las unen grados distintos de indiferencia por la democracia republicana formal, la preferencia por la relación directa del gran dirigente y las masas, la desconfianza en cualquier forma de organización intermediaria. Pero los separan argumentos metodológicos y la mayor o menor preocupación por mantenerse dentro el manto sagrado y riguroso del marxismo, así como el vínculo con organizaciones políticas revolucionarias.

Los primeros, ya los hemos mencionado, son Puentes, García y Liévano Aguirre.[47] La otra corriente está representada por la revaluación soviética de la imagen de Bolívar. En 1958 Documentos Políticos, la revista del Partido Comunista de Colombia, publicó un artículo de cuatro historiadores soviéticos en el que describían la guerra a muerte como una estrategia de movilización popular, y presentaban como medidas revolucionarias de Bolívar la libertad de los esclavos, la eliminación del tributo indígena y la asignación de los resguardos indígenas en propiedad a los indígenas en Perú. Del mismo modo, recuerdan su oposición a la invitación de los Estados Unidos al Congreso de Panamá y niegan cualquier relación entre el panamericanismo y la política internacional de Bolívar, e incluso afirman que su posición era igualmente hostil a Inglaterra. En conclusión, la revolución de independencia había sido un intento, parcialmente logrado, de revolución burguesa[48], y Bolívar un dirigente progresista. Estas perspectivas se radicalizaron en otros trabajos posteriores de los historiadores soviéticos, que descubrieron en Bolívar rasgos de socialismo utópico y vieron en sus medidas sociales la prefiguración de “una sociedad asociativa, igualitaria y rousseauniana”[49]. A. Shulkovsky, en un texto publicado en 1983 en Bogotá, contrapone un libertador demócrata pero enemigo de la libertad absoluta, igualitario pero no nivelador, partidario de un Estado fuerte que actúe a favor de las masas, a un santanderista asustado por el poder de las masas y el populacho, y representante de los sectores aristocráticos. [50]

A pesar de que son textos académicos, estaban inscritos en la perspectiva política de los años sesentas, cuando los partidos comunistas todavía ven, en muchos sitios de América Latina, sociedades que no han concluido su revolución burguesa.[51]. Hasta dónde estos historiadores soviéticos se apoyaran en la obra de Liévano y de García, resulta difícil de precisar.[52]

Ahora bien, la invocación revolucionaria de Bolívar irrumpe bruscamente en 1974. En 1974 existían en Colombia guerrillas de orientación prosoviética, prochina y procubana (FARC, EPL y ELN), cada una con su visión de la realidad colombiana y su esquema de revolución. Los intelectuales de izquierda, en medio de los cuales se movían los pequeños pero influyentes sectores urbanos simpatizantes de la guerrilla, criticaban el extranjerismo de estos procesos, su abstracción de la historia del país. En 1973 las reuniones de los ex guerrilleros de las FARC Jaime Bateman, Luis Fayad y Carlos Pizarro que conducen a plantear una guerrilla nacionalista, popular y bolivariana, el M-19, se hicieron en la finca de Milton Puentes, el historiador liberal, quien hacía un año había renunciado a su papel como secretario de la ANAPO, movimiento político creado por el ex dictador bolivariano Gustavo Rojas Pinilla. En la invocación bolivariana del M-19 -surgido como una guerrilla vinculada inicialmente a la memoria de Rojas Pinilla y de Bolívar, cuya espada robaron para devolverla al pueblo- influían probablemente, aunque es difícil precisarlo, personas como Antonio García y Milton Puentes, así como los historiadores soviéticos divulgados en la revista oficial del Partido Comunista desde 1959.

El intento de convertir a Bolívar en ideólogo político para la fase revolucionaria promovida por Cuba, lo encarnó ante todo Francisco Pividal en su libro de 1977, publicado en Colombia en 1980[53]. Su perspectiva no es muy diferente a la de Liévano, y se reduce a presentar a Bolívar como antecesor de la lucha antiimperialista, enfrentado ante todo a los Estados Unidos.

Pero la reivindicación bolivariana hecha por el M-19 representaba para el partido comunista y para las FARC una apropiación que le daba un atractivo adicional a la joven, imaginativa y teatral guerrilla. Por eso, desde 1980, el XIII Congreso del Partido Comunista Colombiano, decidió apoyarse en la figura del Libertador y declaró:

            Creemos en el Bolívar de masas, el que soportó durante quince años al nivel de sus soldados los rigores de su naciente ejército de pobres. Que fraternizó material y espiritualmente con pardos, esclavos e indios. Que desbordó a su propia clase social al bregar porque la liberación de la patria trajese la liberación de los hombres y la devolución de tierras a los despojados. Que imaginó una guerra de independencia de contenido social, con formas y estilo americanos. Que amasó una concepción de democracia no con teorías abstractas sino con las esencias de la América en marcha.[54] 

Posteriormente, en septiembre de 1987, la alianza entre las FARC, el ELN y el M-19 se hizo bajo la advocación del Libertador: ahora existía la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar. Y 13 años después, en 2000, en una reunión denominada “Por Bolívar por la paz y la soberanía popular”, se establecieron las bases del Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia, que pretendía ser el movimiento clandestino de masas que sería orientado por el Partido Comunista Clandestino de Colombia, brazo político clandestino de las FARC. Pero este proceso no ha estado acompañado por una argumentación específica sobre Bolívar. Se trata fundamentalmente de una operación política en la que se utilizan atribuciones más o menos genéricas de ideas y posiciones revolucionarias al libertador, más o menos dentro del espíritu de las versiones que hemos llamado radicales y revolucionarias de Bolívar.

Eruditos e investigadores

La interpretación del pensamiento de Bolívar, más que un ejercicio académico, ha sido ante todo una herramienta del debate político, en el que los mismos hechos, muchas veces tergiversados y sacados de contexto, vuelven a ser contados como parte de narrativas siempre cambiantes. Algunos de los historiadores, como Indalecio Liévano Aguirre y Germán Arciniegas, podían mostrar profesionalismo como investigadores, pero en su obra el afán de demostrar sus tesis domina sobre la formulación abierta de preguntas históricas y el desarrollo de una estrategia investigativa rigurosa. Fueron, en la realidad, más políticos y periodistas que académicos. Por eso, no son muchas las obras colombianas que puedan considerarse contribuciones importantes al conocimiento real de Bolívar o de su época. La literatura sobre Bolívar tiende a estar dominada por la reiteración de polémicas, apoyadas generalmente en los mismos incidentes, que se esgrimen en diferentes posiciones dentro de los discursos de cada uno de los contrincantes. Pocos historiadores e intérpretes políticos de Bolívar son genuinamente bolivarianos, en el sentido histórico y realista de tratar de comprender en toda su complejidad la obra y el pensamiento de un conductor social cuya capacidad de enfrentarse a la realidad y a la experiencia concreta, cuya originalidad para encontrar fórmulas y proyectos que le permitieran enfrentar las dificultades que se atravesaban, parecen desbordar la capacidad de quienes prefieren inventar un catecismo arbitrario para aplicarlo como un recetario predeterminado, útil en cualquier tiempo y lugar.

En épocas recientes, algunas de las formulaciones más audaces se contentan con afirmar verdades recibidas, sin preocuparse por los hechos que puedan comprobarlas, o alterando en forma demasiado palmaria y brusca su significado.[55]

En este ambiente, vale la pena mencionar al menos algunos esfuerzos académicos colombianos, a pesar de que son relativamente tímidos y no representan un esfuerzo amplio y continuado. Son los de Hernando Valencia Villa (1982) y Fernán González (1993). Este, después de una presentación somera de algunos de los debates colombianos acerca de Bolívar a partir de 1940, trata de discutir las ideas políticas de Bolívar y de interpretar sus principales decisiones a la luz de las opciones históricas reales que tenía, sin considerarlas como una emanación lógica de un pensamiento preestablecido. Aunque no logra plenamente su objetivo, es de las pocas discusiones iluminadoras ofrecidas por los historiadores colombianos.[56] Y aquél ofrece una lectura novedosa de la constitución boliviana, al tratar de verla como la expresión de un jacobinismo de estilo Robespierre que habría sido propio de Bolívar.[57]

A manera de conclusión

En términos políticos, la reformulación revolucionaria de Bolívar se acompañó, por la forma específica de la polémica bolivarista en Colombia, que lo enfrenta desde un punto de vista conservador o radical sobre todo, al Hombre de las Leyes, con una desvalorización de los elementos clásicos de la democracia republicana. La legalidad se muestra como una máscara que permite a ciertas clases sociales oprimir y sojuzgar el pueblo. Igual papel de herramientas de opresión juegan las elecciones, sujetas a manipulación, los partidos políticos, que son clientelas egoístas, y los mecanismos de control del ejecutivo, estorbos para la voluntad del soberano. De esta manera, esta revaluación conservadora o revolucionaria, sustantiva en su formulación del ideal de igualdad social o instrumental cuando define como objetivo un estado fuerte capaz de imponer el orden, o visionaria en su creencia en la unidad latinoamericana, se une a una exaltación de la voluntad del gran dirigente que revive a Bolívar y le da vigencia a su pensamiento a través de una relación directa con el pueblo, sin mediaciones ni artificios.

Resulta sintomático que no haya surgido un bolivarismo democrático, que simplemente reitere, a nombre del Libertador, la lucha por la igualdad y la lucha por la unidad de los pueblos americanos, pero que a partir de la visión de la soberanía popular insista en los mecanismos para lograr un adecuado sistema de representación política, respetuoso de la ley y de los derechos individuales. Por supuesto, no estoy proponiéndolo, en la medida en que, como historiador, encuentro arbitrario este esfuerzo de convertir los próceres o los grandes dirigentes del pasado en orientadores cuasi religiosos del presente. Me planteo la cuestión como una forma retórica de verificar dónde reside el impulso de la renovación revolucionaria de Bolívar. En el pensamiento de éste se encuentran ingredientes para armar menús muy diferentes, si se descartan algunos y se aumenta la dosis de otros. Los proponentes de la república bolivariana en 1952 en Colombia descartaron la igualdad social para acentuar la vocación de orden y autoridad, la unidad con la iglesia, la idea de una sociedad dirigida por los mejores y más ilustrados, la necesidad de un sistema político coherente con la tradición. Liévano Aguirre y los promotores del Bolívar de la revolución social y de la unidad americana han dejado de lado el rechazo a la democracia y al poder del pueblo, el autoritarismo, la defensa de la estabilidad, el clericalismo de los últimos años, los aspectos aristocráticos, la seducción del modelo constitucional inglés. Pero un menú bolivarista que descarte los elementos autoritarios, la tendencia a delegar la representación integral del pueblo en un gran conductor liberado de las cortapisas prosaicas de la democracia -una judicatura independiente, un congreso representativo escogido a través de elecciones libres, una prensa libre- nunca ha estado en el orden del día.

Probablemente la razón es que la democracia es un régimen político que no tiene los grandes atractivos de los proyectos grandiosos. Es un sistema político modesto, que reconoce sus imperfecciones y las convierte en razones para establecer remedios y contrapesos de todo tipo, que no ofrece utopías grandiosas, sino un trabajo de construcción paciente, lento, y esforzado, de un orden político cuyo sentido surge en la práctica diaria de la democracia y no se recibe de una instancia trascendente.

La fuerza del bolivarismo como texto sagrado está en que el destino de la nación no se elabora en el debate diario de los ciudadanos, sino que es un proyecto heredado, una meta mesiánica cuya búsqueda debemos hacer todos, por una obligación impuesta desde siempre a nuestras naciones. Quienes no acojan el proyecto son traidores al destino nacional, enemigos de la identidad adscrita al país. Ahora bien, un destino trascendente no puede estar sujeto al continuo debate ciudadano, pues esto equivale a ponerlo siempre en cuestión. Debe existir siempre como premisa incondicionada e indiscutible, a partir de la cual se debaten estrategias o caminos, pero no las metas esenciales. Por ello tiende a adquirir dos rasgos fundamentales: un carácter de texto religioso, y un carácter autoritario. El carácter religioso del texto exige tener intérpretes del texto. En el caso colombiano, estos fueron sobre todo los asesores de Laureano Gómez y Gustavo Rojas Pinilla, quienes definían el pensamiento bolivariano, hacían detalladas antologías y diccionarios alfabéticos del pensamiento bolivariano para ser enseñados en la escuela y expresados en la voz del máximo dirigente nacional. El elemento autoritario se trató de plasmar, en el caso de la república bolivariana de Gómez, en un sistema constitucional que eliminaba los males de la democracia liberal desde la raíz, apelando a lo que se entendía como el núcleo del autoritarismo bolivariano: el control de la prensa, la subordinación del poder judicial al ejecutivo, el carácter secundario del parlamento y su composición orgánica. En el caso de Rojas Pinilla, mediante la alianza del ejército y del pueblo (“pueblo y fuerzas armadas”), para reemplazar a los partidos políticos como mecanismos de expresión de la voluntad popular: la voluntad popular se expresaba a través del jefe del ejército.

Este proyecto no tenía suficiente peso histórico y su dirigente carecía del carisma requerido para lograr una movilización social que lo sostuviera. A pesar de que, un poco tardía y vacilantemente, se trató de hacerlo y de formular un discurso anti-oligárquico que interpelara al pueblo directamente, el régimen tenía muchas debilidades. La mayoría de su personal político venía del conservatismo, más listo a cruzadas contra los liberales que a permitir que las fuerzas militares reemplazaran los poderes de la burocracia. Sus orientadores bolivarianos, Lucio Pabón Núñez y Antonio García, tenían interpretaciones poco compatibles del texto sagrado bolivariano, y probablemente introdujeron en el gran dirigente una vacilación permanente entre una apelación escueta al Bolívar autoritario y una invocación audaz al revolucionario social. Un texto capaz de decirlo todo no puede tener sino un intérprete, si se quiere evitar el cisma y la herejía.

Pero lo que parece una constante en todos los intentos colombianos de convertir a Bolívar en inspirador político, es que la clave de bóveda parece estar siempre en la apelación al autoritarismo, la justificación de la dictadura y el militarismo, y el abandono de los elementos fundadores del liberalismo republicano, para poder realizar las tareas urgentes requeridas para cumplir las tareas inconclusas del pensamiento bolivariano[58]. Es una estrategia política de la urgencia y la impaciencia. A nombre de la tradición o de la revolución social, lo que se justifica usualmente es la ruptura de un orden imperfecto cuyo mejoramiento resulta demasiado remoto y lento si se sometiera a los avatares de la lucha democrática: es una invitación a ahorrarnos las dificultades y trabajos de la vida real, entregando a quien pueda ejercer la función de intérprete del libertador la tarea todavía pendiente de liberarnos.

Jorge Orlando Melo
Conferencia dictada en Caracas, octubre 22 de 2008, en la Cátedra José Gil Fortoul de la Academia Venezolana de Historia.

[1] Inevitablemente su texto se presta, 25 años después, a ser leído como señal de los cambios de perspectiva que en ese momento estaba sufriendo la memoria de Bolívar.

[2] El artículo de Fernán González, “El proyecto político de Bolívar, mito y realidad”, en Debate Político, Controversia, no. 112, Bogotá, Cinep, 1993, discute la obra de Liévano y de otros escritores desde mediados del siglo XX. En 1983 discutí el tema del mito de Bolívar en una conferencia en Quirama (Rionegro), de la cual se publicó un resumen, con el nombre de "Bolívar: imagen histórica e imagen mítica" en El Pueblo, Cali, 14 de julio de 1983.

[3] En Medellín la Plaza Principal recibió a fines del siglo XIX en nombre de Plaza de Berrío, pero desde finales del siglo XIX se formó, en un área nueva, la Plaza de Bolívar. La vieja catedral de la Candelaria fue trasladada a comienzos del siglo XX al nuevo parque. Manuel Uribe Ángel, Colón, Medellín, (1892) describe la construcción de la nueva catedral en la nueva plaza. En Cali no existe una Plaza de Bolívar. Las plazas de Manizales y Chiquinquirá se llamaron antes Plaza de la Libertad, y este nombre se mantiene en uso, conjuntamente con el de Plaza de Bolívar, en la última ciudad. En 1848 la de Bogotá, llamada Plaza de la Constitución, fue denominada Plaza de Bolívar. (Historia Institucional de Bogotá)

[4] Historia de la Revolución, 1827, I. 159. Ver el excelente análisis de Sergio Mejía, La revolución en letras: la historia de la revolución de Colombia de José Manuel Restrepo (1781-1863), Bogotá, Uniandes, Eafit, 2007. Algunos aspectos de la obra de Restrepo se discuten en Jorge Orlando Melo, “La literatura histórica en la república”, en: Manual de Literatura Colombiana, Bogotá, Planeta, 1988 y en Germán Colmenares, “La Historia de la Revolución por José Manuel Restrepo: una prisión historiográfica”, en: Germán Colmenares y otros, La independencia. Ensayos de historia social, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1986, p. 12.

[5] El Granadino, 25 de septiembre de 1842.

[6] La Civilización, 1849. Pedro Fernández Madrid publicó también en 1852 y 1853 unos artículos en memoria de Bolívar.

[7] Joaquín Posada Gutiérrez, Memorias histórico-políticas, T 1 (Bogotá, 1865) y t 2 (Bogotá, 1881), y el comentario de Caro, “Memorias histórico-políticas del general Posada, Ojeada a los orígenes de nuestros partidos políticos”, El Repertorio Colombiano, VI, Bogotá. enero.-junio de 1881.

[8] La otra obra de alguna ambición sobre Bolívar fue la de Tomás Cipriano de Mosquera, Memorias sobre la vida del Libertador Simón Bolívar, Nueva York: S. W. Benedic, 1853, que curiosamente se interrumpe en 1827.

[9] Id., p. 11 y 17

[10] P. 53. Además “El general Bolívar, que había manifestado opiniones hostiles a la idea republicana, tanto en el Congreso de Angostura celebrado en 1819, como a propósito de la liberal constitución sancionada en Tunja, en 1814, por el Congreso de Cundinamarca; hombre de espíritu fecundo, infatigable i audaz; de un jenio militar asombroso; educado en la escuela de las armas, que es la de la fuerza; partidario decidido de los gobiernos fuertes; acostumbrado a ver su voluntad considerada como lei; rodeado del prestijio peligroso que el nombre de Libertad i sus hazañas le daban; ambicioso por inclinación; voluntarioso siempre; odiado por casi todos los grandes capitanes de la independencia; sin jenio administrativo i desafecto a los estudios profundos; mas poeta y orador que hombre de Estado; si podía ser el jefe militar de todo un continente, era el menos competente para dirijir el movimiento progresivo de un pueblo adolescente que… necesitaba más de filósofos que de militares valientes”, p. 61

[11] En “Los orígenes de los partidos políticos”, un folleto de 1873, Samper, después de decir que al comienzo todos eran republicanos, atribuye la formación de los partidos esencialmente a la contraposición entre civiles, elegidos para los congresos y autores de constituciones, y militares, empeñados en continuar la lucha de independencia.

[12] Samper, Apuntamientos, p. 99

[13] José Manuel Groot, Historia Eclesiástica y Civil de la Nueva Granada.

[14] Urdaneta publicó un erudito y sólido inventario de 136 imágenes de Bolívar, muchas de las cuales reprodujo. Esperaba completar su estudio al viajar a Caracas para las celebraciones del centenario.

[15] Papel Periódico Ilustrado, II, 380

[16] Papel Periódico Ilustrado, II, 379

[17] Papel Periódico Ilustrado, No 35, Bogotá, 15 de marzo de 1883. Vol,.II, No, 195

[18] Esta visión convencional liberal alcanzará su formulación mejor con las obras de Germán Arciniegas, de las que puede tomarse como ejemplo la publicada para el centenario de 1983, Bolívar y la revolución, Bogotá , Planeta, 1984.

[19] Alberto Lleras, “El Homenaje a Santander”, 29 de abril de 1940, Antología, I, 244.

[20] Citado por Lucio Pabón Núñez, “Pensador y guía”, en Alzate Avendaño, Variaciones en torno a un nombre, p. 200. (1970)

[21] José Luis Lora Peñaloza, “El pensamiento vivo de Alzate Avendaño”, 1970 en Alzate Avendaño, variaciones en torno a un nombre.

[22] “El redescubrimiento del libertador” citado por Alberto Dangond Uribe, “Enjuiciamiento crítico de Alzate, 1975, en Variaciones en torno a un nombre, p. 174

[23] Lucio Pabón Nuñez, El pensamiento político del Libertador, Bogotá: Imprenta Nacional de Colombia, 1953. La cátedra bolivariana fue establecida por Decreto 2095 del 17 de diciembre de 1952.

[24] En su ensayo sobre: “Simón Bolívar en Santo Tomás de Aquino”, Revista del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario Vol. 367, no. 373 (Ago./Sep. 1943), Jesús Estrada Monsalve encuentra en la proclama final de Bolívar el argumento para acabar con los partidos: “dentro de que otra organización, distinta del estado corporativo, podría realizarse aquel anhelo preagónico de la consolidación de la unión por la cesación de los partidos?” Los partidos no se acabarán, dice recordando a Oliveira Salazar, sino por una “tecnificación estatal que los deje inoperantes, como ha ocurrido en Portugal y ha empezado a ocurrir en la España del presente”.

[25] Lucio Pabón Nuñez, id. p. 13.

[26] César Ayala Diago, Resistencia y oposición al establecimiento del Frente Nacional: los orígenes de la Alianza Nacional Popular (ANAPO) Colombia 1953-1964. Santa Fe de Bogotá: Produmedios, 1996, p. .207.

[27] Esta frase se repite en los diversos escritos de Joaquín Estrada Monsalve sobre Bolívar desde 1944.

[28] Álvaro Gómez Hurtado, Sobre la significación histórica de Bolívar. Bogotá, Colección Fénix, 1957. Los mismos planteamientos se hacen en La Revolución en América, Barcelona, 1958.

[29] Álvaro Gómez Hurtado, La revolución en América, Bogotá, 1960, p. 122. Esta formulación de Bolívar como precursor de una ideología del Estado fuerte en sentido conservador se desarrolla en la obra de Mario Laserna, Estado Fuerte o Caudillo(Bogotá, 1961)

[30] Manuel María Madiedo, op. cit. p. 34.

[31] Madiedo, op. cit, p. 37

[32] Madiedo,op. cit- p. 39.

[33] Madiedo, op.cit. p. 44.

[34] Pero este rechazo a la palabra de Marx, que no hacía parte de la doctrina marxista sino que era una simple opinión del pensador alemán, no lo había llevado a campos radicalmente nuevos.

[35] Antonio García describe cómo la generación del centenario, civilista y santanderista, enfrentó a las tres figuras que buscaban integrar el país y dar participación social y política a los trabajadores: Rafael Reyes, Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera. Y en 1962, muchos de los herederos de esta visión de la historia estuvieron momentáneamente seducidos por la posibilidad de que el general Alberto Ruiz Novoa intentara romper el dominio del legalismo santanderista en el país, mediante un golpe militar de contenido nacionalista y popular, para el cual los modelos del momento eran Egipto y Argelia.

[36] Esto volvería a ocurrir en 1958, cuando los comunistas colombianos apoyaron la recuperación de la democracia liberal después de la dictadura de Rojas Pinilla, anunciando su respaldo electoral a Alberto Lleras Camargo.

[37] La verdad no está, cree, ni en la versión negra de Sañudo, ni en la versión rosa de Liévano Aguirre: la verdadera historia de Simón Bolívar está entre “su ímpetu revolucionario o su engreimiento cesarista, la revolución y la reacción […]. Entre el Bolívar que desata el alud revolucionario del pueblo –negros, indios, mestizos –y el que intenta meter este alud entre unos pequeños tabiques de hierro, en la época dominada por el signo de la conspiración septembrina, media una enorme distancia histórica; pero entre ambas vertientes esta la substancia histórica de Bolívar”. “Las guerras de independencia no harían logrado su objetivo militar y político si no se hubieran desdoblado en una revolución social. Y la estrategia política para lograr este desdoblamiento fue la que precisamente adoptó el genio revolucionario del general Bolívar: la de dar libertad automática a los esclavos y siervos que tomasen las armas de la República, la de abolir el sistema feudal, la de desconocer todos los privilegios originados en la sangre o en el poder económico, la de crear la esperanza de repartición de tierras y la de abrir la primera escuela demócrata en los cuarteles, dejando que cada persona –sin duda de su sangre, de su color o de su riqueza –pudiera conquistar un rango. Esa era una estrategia revolucionaria.” Sábado, 16 de febrero de 1952.

[38] Ibid.

[39] Gaitán y el camino de la revolución colombiana, 96

[40] Gaitán y el camino de la revolución colombiana, p. 63

[41] Id., p. 9

[42] Id., p. 16.

[43] Abrigo muchas dudas sobre la posibilidad de convertir [la historia] en una ciencia exacta, pero ninguna sobre su capacidad emocional, estimulante y activista, como una fuerza decisiva en nuestra conducta, ya de personas, ya de pueblos. No creo. Desde luego, que su misión sea crear nuevos mitos. Pero tengo viva desconfianza sobre la tarea que se le atribuye de destruirlos, porque jamás se ha ejecutado sin la intención evidente de sustitución por otros… Alguien va a venir, incontaminado, puro, desprovisto de personal apetito, a salvar y representar un pueblo traicionado y despojado…” Alberto Lleras, “Discurso en la Academia”, Alberto Lleras, Antología, I, 304.

[44] Gerardo Molina, Las ideas socialistas en Colombia. Bogotá, 1988, p. 78

[45] I Torres Giraldo, Los Inconformes, II, 11.

[46] Ibid., I, 123.

[47] A ellos se pueden unir perspectivas como las de Waldo Frank, Nacimiento de un mundo : Bolívar dentro del marco de sus propios pueblos, Madrid: Aguilar, 1956. Se había publicado como Birth of a world: Bolivar, en 1951.

[48] Una formulación convencional es la de Edgar Caicedo, Historia de las luchas sindicales en Colombia, Bogotá, Ediciones Suramérica Ltda, 1971: “La gesta emancipadora de nuestros próceres, si bien recibió un impulso popular en las etapas culminantes, tuvo un contenido de clase que limitó sus objetivos. Fue una revolución democrático-burguesa, que afectó ante todo la superestructura, cambió las instituciones políticas coloniales, les dio forma republicana, pero conservó en lo fundamental la estructura de la vieja sociedad colonial”.

[49] A. Shulkovski, en La hazaña de Simón Bolívar. Moscú 1986, en ruso, citado por Andrei Schelchkov, “Los estudios latinoamericanos en Rusia (y en la URSS),” en Revista Europea de Estudios Latinoamericanos y del Caribe 72, abril de 2002, 205. Ver también Anatoli Shulgovski, “Bolívar y Bello: papel en la lucha liberadora de América Latina”. Nuestra América, 5, México, mayo-agosto de 1982. De este autor se publicó en 1983 un librito en Bogotá, con el título escolar de Cátedra bolivariana: el proyecto político de El Libertador: Bogotá: Ediciones Ceis, 1983. Este título abría el camino para su utilización como texto en el curso de cátedra bolivariana que se había establecido en el país desde 1953.

[50] Una síntesis en español de estas interpretaciones es el libro de I. R. Lavretski, Simón Bolívar.-Moscú: Editorial Progreso, 1982, que traducía la edición de 1966 de un libro publicado ya en 1958 en versión algo más breve: Isidor R. Lavretski, Simón Bolívar, prefacio de Pablo Neruda. Moscú: [Ed. de la Literatura Social económica], 1958. [en ruso]. Una traducción apareció en Bolivia antes, pero no parece haber circulado en Colombia: Lavretski, Iosif Romualdovich. Simón Bolívar. Tr. dir. del ruso por Alberto Samuel Soria. Cochabamba: Ed. Universitaria. 1970. En 1974 se publico un artículo suyo en 1974 en K. Marx, I. R. Lavrestki y José Martí, Simón Bolívar, traducción del original ruso de Teodosio Varela. Medellín: Ediciones Nueva Crítica, 1974.

[51] Curiosamente, Fidel Castro afirmó, en la entrevista a Carlos Franqui, que en 1948 no solo “había leído muchas biografías de Bolívar y sentía una profunda simpatía hacia la vida y la obra de aquel hombre extraordinario” sino que “había en mí algunas mezclas de sueños martianos, bolivarianos y de socialista utópico.” Cuba, La Revolución: ¿Mito o Realidad? Memorias de un Fantasma Socialista (Península, 2006)

[52] Fernán González, “El proyecto político de Bolívar: mito y realidad” p. 20, considera que el revisionismo de Liévano Aguirre “es continuado por Shulkovski y Pividal”, sobre todo con respecto a la política internacional de Bolívar. p. 20

[53] Ya en 1976 se había publicado un anticipo en la Universidad Central, en la revista Hojas Universitarias. Francisco Pividal, Bolívar: pensamiento precursor del antimperialismo Bogotá: Ediciones Armadillo, 1980

[54] Tomado de Juvenal Torres, Lecturas bolivarianas, Medellín, Ediciones Convivencia, 2004.

[55] Vale la pena mencionar a José Rafael Sañudo, autor de Estudios sobre la vida de Bolívar, Pasto, Editorial de Díaz del Castillo, 1925, una biografía que es esencialmente el reclamo, relativamente bien documentado, de un pastuso por la política patriota hacia Pasto entre 1819 y 1823. No conozco la obra de Jorge Ricardo Vejarano, Bolívar: un hombre y un continente, Bogotá: Editorial Iqueima,1947-1951.

[56] Fernán González, “El proyecto político de Bolívar, mito y realidad”, en Debate Político, Controversia, no. 112, Bogotá, Cinep, (1993).

[57] Hernando Valencia Villa, La constitución de la quimera: Rousseau y la República Jacobina en el pensamiento constitucional de Bolívar :Bogotá: La Caja de Herramientas, 1982.

[58] La novela de García Márquez, El general en su laberinto, publicada en 1989, es también una reivindicación del sueño bolivariano, de la utopía que Bolívar nunca logró realizar. Hernando Valencia Goelkel comentó en su reseña de la novela que ese sueño bolivariano se había convertido en "un sueño tan dañino y tan perverso como un mal amor: su no cumplimiento es causa de todas nuestras desdichas, su eventual realización es pretexto para todas las retóricas y asidero para sucesivas utopías de pacotilla". “El general en su altar”, Lámpara, No. 110, Bogotá, 1989.

 
 

 

 

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