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Medellín crisis y perspectivas
 

Medellín ha sido una ciudad amada y atacada por sus habitantes. Durante el siglo XIX, cuando era apenas una aldea, los intelectuales vieron con horror el parroquialismo, la estrechez de miras, la concentración de sus dirigentes en un único objetivo: hacer plata. Entre las descripciones de los viajeros de 1850 o 1860, se destaca un lugar común: en Medellín el dinero es la fuente principal de prestigio y la meta principal de la actividad. Esos comentarios no ignoraban, sin embargo, que el afán de lucro estaba hasta cierto punto moderado por la fuerza de cierta moralidad tradicional, por el peso de unas fuertes estructuras familiares, y por una iglesia poderosa, al menos desde mediados del siglo XIX.  

 A fines del siglo pasado todavía los comentaristas se quejan del materialismo de los medellinenses, pero encuentran razones de optimismo: sienten que Medellín se va transformando, que al lado de su progreso material hay señales de progreso espiritual, de reconocimiento de la importancia de la cultura. Entre 1880 y 1910 Medellín se transforma aceleradamente, y dos impulsos se suman y contraponer: el afán de progreso económico, orientado cada día más hacia el comercio y la industria y una cierta vanidad cultural literaria. A fines de siglo Medellín tenía unos 40.000 habitantes: apenas una aldea. Pero en este pueblo se formaban grupos musicales, se acogía con interés a los grupos visitantes de opera y zarzuela, se representaban obras dramáticas en el Teatro Bolívar y se publicaban varias revistas literarias. Tres o cuatro narradores de importancia, y 15 o 20 menos conocidos, presentaban sus obras al publico: Tomas Carrasquilla; Camilo Botero Guerra, Francisco de Paula Rendón, Eduardo Zuleta, Arturo Castro y Efe Gómez; al mismo tiempo eran leídos poetas como Epifanio Mejía o el muy joven Barba Jacob y críticos como Saturnino Restrepo o Baldomero Sanín Cano. Los dos mundos, el mundo de los negocios y el de los creadores, se mezclaban, amistosa o irónicamente. Pedro Nel Ospina o Carlos E. Restrepo no eran los únicos que combinaban la profesión, los negocios, las ganas de ser presidentes y las letras. Las librerías del negro Cano, de Carlos A. Molina, de Carlosé eran sitios de tertulia donde se desplegaba erudición y orgullo intelectual. La doble vocación de la ciudad se esgrime para reivindicar la ciudad: Medellín es una ciudad culta, Medellín es la capital comercial e industrial de Colombia. 

 Desde entonces, en Medellín se han contrapuesto la reivindicación de su vigor empresarial y hasta usurero y una ambigua relación con lo que no de plata. Muchos empresarios y profesionales participaron en el mundo de la cultura, aunque con frecuencia los escritores se quejaban de la incomprensión de un medio de prestamistas y capitalistas. León de Greiff se burla de la "inopia de los cerebros" en 1915, y Fernando González ataca con ferocidad durante veinte años los negocios de Ospinas y Echavarrías. Pero una corriente creadora, a veces mas complaciente y a veces mas critica, se mantiene, y a ella se suman los pintores, entre los que tampoco están ausentes los críticos sociales o los irónicos evocadores del provincianismo, como Pedro Nel Gómez, Débora Arango o mas recientemente, Fernando Botero. Del mismo modo, la novela mantiene su vigor y continuidad: Manuel Mejía Vallejo reanuda, tras cierto hiato durante los 30 y 40s, la producción literaria local de importancia, que se prolonga en Gonzalo Arango, en Tomas González y encuentra una feroz culminación en Fernando Vallejo y su Virgen de los Sicarios.  

 Desde fines de siglo pasado y durante la primera mitad del presente, se consolida un optimismo cívico, provinciano pero progresis­ta. Entre 1900 y 1950 crece la ciudad, su población se multiplica por más de 12 veces, y este proceso esta acompañado de una rápida modernización de la infraestructura. Entre 1880 y 1910 la ciudad entra en el mundo del teléfono, la energía eléctrica, los acueductos, los automóviles, las calles asfaltadas. Cierto grado de planeación se logra imponer, de manera que aunque nunca se sabe muy bien para donde se va, la ciudad controla más o menos sus problemas. Los barrios obreros iniciales son relativamente dignos: Aranjuez, Manrique, Colon. La ciudad es relativamente reacia al verde, que se deja para las fincas: Prado, las áreas entre la Catedral y Boston, urbanizados entre 1920 y 1940, en el momento de auge industrial y de enriquecimiento burgués, son extrañamente avaros de espacios públicos y verdes, que se van a buscar los fines de semana en las fincas de los ricos o las mangas del río. De este modo, mientras los ricos mantienen su vínculo semanal con el pasado rural, poco a poco los sectores populares van rompiendo violentamente con su lazo con el campo. Pero son años de satisfacción y orgullo: para todos, el Medellín de los 30s y 40s era el paraíso terrenal, la ciudad de la eterna primavera, el mejor clima del mundo, la tacita de plata, el sitio de la limpieza y la convivencia, el escenario de varias de las maravillas del mundo.  

 Vista esta época desde las tragedias posteriores, es imposible no sentir nostalgia. En 1914 Jorge Rodríguez, una especie de DANE casi individual de la época, se lamentaba: ese año se habían producido seis homicidios, dos mas que el año anterior: una tendencia preocupante (para unos 80000 habitante: es como si en 1994 viviéramos el horror de tener, en todo el ano, unos 120 o 130 homicidios). Entre 1910 y 1945 la vida en la ciudad era tranquila y relativamente pacifica. Es cierto que poco a poco va surgiendo la pobreza, con el crecimiento acelerado de la población y la aparición de formas de comercio e industria mas opresivas y explotadoras, y con las dificultades para encontrar alojamiento o adquirir un lote, y ciertas zonas de la ciudad reúnen algunos ejemplos de miseria y deterioro: sobre todo las zonas de prostitución, con sus borrachos y sus mendigos. Pero la pobreza y la violencia que han despedazado a Medellín entre 1950 y 1990 no son heredadas del pasado, cuando la pobreza era otra cosa, mucho más vivible: las hicimos los habitantes de Medellín, con las decisiones y las formas que escogimos para el "progreso", con los valores promovieron como representativos de nuestra cultura y nuestra ciudad, con la negligencia que impidió enfrentar desde mediados de siglo algunos problemas que empezaban a crecer desaforadamente. También la delincuencia reciente es el resultado de procesos relativamente previsibles, aunque uno no sabe si evitables: desde los 60s empezaron a surgir los indicios de que el desarrollo urbano de Medellín empezaba a trabarse estrechamente con el surgimiento de grandes bandas delincuenciales, con el secuestro y un poco después, con un trafico de drogas que, en el contexto de una rápida transformación de valores, se vio al comienzo más con curiosidad y hasta simpatía que con temor y rechazo.  

 Lo mismo, por supuesto, pasa con otros tipos de elementos de la vida urbana: los problemas del trafico, las dificultades para transportarse, los costos, la suciedad y la basura, la contaminación, la destrucción de las quebradas y del Río, el descontrol de la urbanización de las zonas del norte, la invasión del espacio publico, todo eso es lo que hemos hecho los habitantes de la ciudad con ella en este siglo. Siempre en nombre del progreso, y siempre luchando, sincera y honestamente, por resolver algunos de los problemas, pero de una manera que creaba otros mas grandes, y sin tener una visión integral y sistemática de para donde iba la ciudad y qué podía hacerse para evitar que los cambios producidos por el desarrollo económico destruyeran los elementos de convivencia y la calidad de vida en la ciudad. La planeación urbana, adoptada en forma temprana, se concentró en controlar la disposición de las nuevas calles en las zonas menos periféricas y a manejar un plan vial básico, y desde los años heroicos de un Ricardo Olano, cuando había algo de imagen integral de la ciudad, hasta mediados de siglo, cuando se esbozó el Plan Integral, no hizo sino perder gradualmente control de lo que realmente pasaba en la ciudad.  

 En este proceso, de progreso y creación de miseria, de avance y tensión, los habitantes de Medellín han desarrollado al mismo tiempo, como los del siglo pasado, orgullo y horror por la ciudad. Metrallín y Mierdellín son términos que oímos todos los días, pero al mismo tiempo casi todos los habitantes de la ciudad sienten que están en el mejor de los mundos posibles, que la ciudad sigue siendo bella y atractiva, y que la gente de aquí, mientras no le pegue a uno un tiro o no lo atraque, es la única con la cual uno se siente totalmente a gusto, sin necesidad de fingimientos ni cortesanías. Adoramos a nuestros prójimos, quizás por cordiales, por buenos compañeros de parranda, por un lenguaje hiperbólico y humorístico que nos gusta, por la facilidad para crear una solidaridad superficial, por que sabemos con quien contamos, por su seriedad y voluntad para trabajar. Les tenemos miedo y muchas veces los odiamos, por su agresividad, por vivir siempre al borde del conflicto, porque no se dejan y uno tampoco se deja: pero también en esto encontramos las virtudes de la no sumisión, de la dignidad, de no dejarse humillar ni agachar la cabeza. 

 Hoy es tal vez más difícil hacer compatibles nuestras percepciones de la ciudad y la vida que llevamos en ella. Un ejemplo: estamos orgullosos de su limpieza, y si comparamos con otras ciudades del país, quizás somos algo menos antisociales en este campo. Pero de todos modos, no es sino ver el contraste entre la limpieza de las casas y el manejo de las quebradas, convertidas en basureros en casi todos los barrios, para ver que la conducta social en beneficio común no pesa tanto. En casi todo, la regla cívica de los últimos años es, en última instancia, la de hacer lo que me sirva a mi y a mi familia, aunque perjudique a los demás. Por supuesto, en este campo, como en el de todos los intercambios sociales, la conducta agresiva se vuelve contra uno: en el tránsito, en la violencia, en el respeto a las normas urbanas, el preocuparse solamente por lo que beneficia a cada uno acaba enredando la vida de todos, y la defensa del interés individual lo único que produce es el daño a los interés individuales de muchos.  

 Así, hay cosas que se nos han destruido casi por completo: no tenemos un sistema de policía y de justicia, ni siquiera en el sentido más primitivo del término. Nadie deja de cometer un delito por el temor a la policía o a la justicia: si acaso por temor a la venganza, y en la mayoría de las personas, porque todavía tienen resistencia personal a cometer delitos serios, porque muchos, aunque ya no tengan un argumento moral explícito, siguen teniendo una moralidad real, al menos en materia grave. Casi nadie, eso si, deja de violar las reglas menores, si ve que le conviene personalmente o en el corto plazo; muy pocos sienten que no deben evadir impuestos, rechazar la compra de contrabando, colaborar con la justicia, no salir de un embrollo entregando unos pesos a la autoridad, pasarse un semáforo en rojo, echar basuras en una calle: en todas estas cosas, no hay un respeto o una ética cívica: simplemente funciona el temor a la policía o la justicia, pero mas que a un castigo legal, es a quedar empapelado o a tener que entregar un soborno. 

En términos sociales, por supuesto, hay fenómenos que no pueden analizarse con la ligereza de esta charla, y que debo al menos sugerir, para evitar dar una impresión muy unilateral. El cumplimiento de las normas que se daba hasta los cincuentas reflejaba también formas de sumisión y opresión. Una minoría manejaba la ciudad, con una mezcla de espíritu cívico y voluntad de riqueza personal, de equilibrio difícil. Pero era algo inevitable: la ciudad nunca tuvo movimientos cívicos importantes independientes de los intereses de los urbanizadores y los promotores de la destrucción-construcción continúa de la ciudad, con excepción quizás de algunos momentos notables de la Sociedad de Mejoras Públicas. Y ese manejo se reforzaba por una fuerza religiosa que mezclaba una gran capacidad coercitiva con un cierto formalismo: lo que interesaba era ante todo que los pobres obedecieran la moral. Pero también en este caso, lo perdido parece a primera vista mejor que lo logrado: así fuera por un temor ingenuo al infierno o a dar un ejemplo malo al pueblo, las personas se hacían el mal mucho menos que ahora. Lo que ocurre es que, en una perspectiva histórica, estas formas de mantenimiento del orden social son siempre frágiles, y eso lo mostró cruelmente la historia de Medellín de los últimos treinta años.  

 Todo ese progreso ambiguo de Medellín, todo ese desarrollo cultural y de valores, abrió el camino para la crisis de los sesentas y setentas: allí se rompieron, como lo han mostrado  nuestros analistas locales, todas las barreras. La iglesia perdió el poder de regular la conducta, frente a las masas de inmigrantes que no podían seguir aceptando una prédica de resignación frente a la oferta de miseria que daba la vida en la ciudad; la familia patriarcal, sostenible en simbiosis con el campo, se quebró aceleradamente frente a las tensiones del desempleo, la miseria y el hacinamiento; el manejo paternalista del conflicto social, en el que se asociaron hasta mediados de los sesentas la curia y los empresarios, cedió a un nuevo lenguaje de confrontación clasista y lleno de retórica revolucionaria y a veces violenta. La antigua ética se reventó, y se desataron desordenadamente los valores de los que pudimos enorgullecernos mientras no se afir­maban con la independencia loca de los 70s: la audacia y el afán de fortuna, que tocaron todas nuestras clases sociales, e hicieron de Medellín el mejor semillero del narcotráfico, de la aventura, del secuestro. No ignoro que en todas estas actividades extremas no se mete sino una pequeña minoría de la población. Incluso en una ciudad donde han asesinado a 60.000 personas en 20 anos, los asesinos son unos pocos, unos cuantos miles de personas, si uno pudiera decir esto tranquilamente. Pero es que ninguna ciudad, ninguna sociedad debe tener asesinos, y cuando tiene unas cuantas decenas es preocupante, y si tiene unos centenares algo muy grave tiene que estar ocurriendo: pero en Medellín, repito, son unos cuantos miles, y unos cuantos miles los secuestradores y los que hacen uso de la violencia. 

 Así como no todos somos autores directos de la violencia y el delito, no todos somos victimas directas, y es posible vivir en una ciudad sitiada como si los peligros fueran muy pocos. Es cierto que de tarde en tarde nos toca la violencia: un amigo, un familiar, una figura publica cae bajo las balas, y nos conmueve. Pero tenemos que vivir, y una manera de hacerlo es minimizar la gravedad del problema: cuántos de nuestros conciudadanos no repiten todavía que eso pasa en todas partes, que tan peligroso como Medellín es Nueva York o Río, que en cualquier parte lo pueden atracar a uno. La comprobación estadística de que los riesgos son mucho mas altos en Medellín que en Nueva York, Bosnia, Río d Janeiro o Irlanda del Norte, no afecta este mecanismo de defensa psicológica, y esto tiene algo de positivo, pues no nos deja caer en la desesperación. Pero no es tan positivo si nos permite evitar analizar los problemas en su magnitud real, y tomar decisiones con energía. Todavía uno tiene la sensación de que muchos de los habitantes de Medellín consideran que el problema de violencia y convivencia no es suficiente serio para que sea indispensable hacer esfuerzos radicales, sacrificar otras metas, destinar recursos a fondo para resolverlo. 

 Es muy difícil, evidentemente, establecer la conexión entre la conducta de los ciudadanos que no actúan ilegalmente, que no cometen crímenes serios, y la crisis de la ciudad. No es posible convencer a quien no mata ni roba que esto no es suficiente, puesto que si todos actuaran así, el problema se resolvería. Pero las condiciones de la acción social, las que hacen que una minoría importante vea en el delito y la violencia una estrategia valida y eficaz, no se alteran porque la mayoría no cometa ningún delito, y no es mucho lo que logramos limitándonos a exhibir nuestra inocencia. Dados los problemas de Medellín, la magnitud del deterioro en estos campos, solo una estrategia radical e integral, que cambie las condiciones de existencia de los sectores de riesgo y que altere el contexto social del delito y la violencia, puede tener esperanzas de producir algunos resultados.  

 Tampoco es fácil lograr un verdadero consenso en estos temas. Por supuesto, el consenso se logra fácilmente acerca de declaraciones vacías y algo retóricas: tenemos que lograr la convivencia; si educa­mos a los jóvenes en el respeto a los otros superaremos la violencia, si eliminamos la corrupción de la policía o la ineficiencia de la justicia... etc. En todos los casos, podemos ponernos de acuerdo sobre propuestas que solo son aparentemente proyectos de acción, y que se limitan usualmente a repetir, en otro nivel, lo que habría que lograr. Lo que no se sabe es como lograr esa paz, como lograr ese cambio de valores en los jóvenes, como cambiar la formación moral de los jóvenes, como recuperar el respeto por la vida, como evitar la corrupción en la fuerza pública o lograr la eficacia de las investigaciones judiciales. Lo que no tenemos son estrategias operativas, proyec­tos integrales con acciones concretas bien diseñadas que orienten una acción continua y evaluable en esta dirección.  

 El problema de la violencia, por su parte, no puede aislarse de otros problemas urbanos, como lo haré un poco más explícito más adelante: es un problema de orden y justicia, pero también de oportunidades sociales y de equidad e integración de toda la población en una ciudad que satisfaga razonablemente las expectativas de vida de la población.  

 Por ello, sin pretender justificar y dar un fundamento suficiente­mente sólido a las propuestas que hago a continuación, me tomo la libertad, con base en una experiencia de dos años en que he pensado desesperadamente en lo que pueda hacerse para salir del atolladero de Medellín, de señalar algunas líneas de acción, y hacer algunas propuestas de para donde debíamos tratar de orientar a Medellín.

 Dadas la magnitud de los problemas de esta ciudad, y los efectos de deterioro en la conducta de sectores muy amplios de la pobla­ción, no me parece viable ningún enfoque parcial y limitado. Cuando una sociedad equilibrada es amenazada por un grupo concreto y un poco intruso que rompe sus reglas, es posible que una simple acción policial o judicial sea suficiente para restablecer el orden. Cuando una crisis económica afectas temporalmente una sociedad razonablemente educada en sus valores y preferencias, un programa sectorial permitirá tal vez salir de la encrucijada. Pero en el caso de Medellín, se han trabado en forma inextricable problemas de calidad de vida urbana, amenazas a los derechos a la vida y la propiedad, crecim­iento monstruoso de grupos profesionales de la delincuencia, cambios culturales que han convertido la violencia en elemento aceptable de acción personal, situaciones económicas de miseria y marginamiento. 

 Un modelo sintético y simplista de la situación de Medellín, para tratar de hacer expresas algunas de las relaciones entre diversos elementos de su estructura de problemas, podría expresarse en los siguientes términos: 

  A. La ciudad ha logrado un nivel muy bueno de cobertura de servicios básicos. La carencia de servicios domiciliarios no es elemento esencial de baja calidad de vida en la ciudad. El hecho de que esto sea así constituye un importante elemento favora­ble en la situación de Medellín. Tampoco es especialmente crítico el problema de la red vial urbana; también en este campo las administraciones municipales recientes han sido muy eficientes, y el Metro, con independencia de otros impactos negativos que pueda tener, constituye hoy un importante activo de la ciudad, en términos de mantener los mecanismos de desplaza­miento dentro de márgenes tolerables de tiempo y comodidad para las personas. 

  B. Las verdaderas limitaciones a la calidad de vida de las personas se dan en otros niveles y áreas: 

1. En los grupos más pobres, se presentan condiciones de vivienda y de hacinamiento muy fuertes, aunque comparativamente inferiores a las de otras ciudades. El problema de los in­quilinatos no es muy extenso, pero es significativo. En algunos barrios, la ciudad hace experimentos interesantes para transformar la vivienda y el entorno creados entre dificultades y limitaciones en áreas viables, lo que es una buena alternativa a la solución tradicional de reubicar a los pobladores marginales. Porque lo mas grave parece ser la generación de tensiones y formas de convivencia marcadas por el conflicto en viviendas con espacios muy restrin­gidos, tanto privados como públicos, que no permiten unos niveles mínimos de vida digna: casas donde los jóvenes no pueden permanecer porque no hay donde estudiar sin invadir a los demás, donde un radio pone en conflicto a unos con otros, donde no cabe una mata. 

2. Para la mitad de la población, por lo menos, las oportunidades para que los jóvenes se incorporen exitosamente a la sociedad son muy limitadas, dadas las carencias educativas y de empleo de la ciudad. Una proporción inaceptable de jóvenes no termina aún la primaria, y es todavía mayor la que no concluye la secundaria. Dadas las exigencias de calificación que hoy existen para casi cualquier empleo, esto genera una barrera permanente y de largo plazo a una vida normal, y desvía grupos muy numerosos hacia formas de rebusque y aventura que abren el camino a la ilegalidad y la acción contra los demás. Este problema de ausencia de posibilidades educativas, cuantitativa y cualitativamente, esta estrechamente ligado con el problema del empleo: Medellín sigue teniendo la tasa de desempleo más alta del país.  

3. Una verdadera calidad de vida urbana requiere recobrar la seguridad. Esto supone una recuperación a fondo de la función de la policía; un mejoramiento de la eficacia del sistema judicial; una transformación gradual de los valores de muchos ciudadanos para hacer aceptable las cooperación con la justicia (hoy todavía consideramos sapo a quien ayuda a las autoridades), un cambio en las formas de convivencia que reduzca las oportunidades y experiencias de violencia. El problema de policía y de justicia no puede verse como un simple problema de conseguir mayores recursos, que permitan una acción más amplia y firme: es de valores, de recupera­ción de legitimidad y confianza de la comunidad, de cambio en las actitudes hacia los ciudadanos, de mecanismos de control interno más eficientes. 

4. La calidad de vida urbana incluye el disfrute de un am­biente urbano agradable y de oportunidades adecuadas de uso de un equipamiento cultural, recreativo y deportivo. En muchos barrios de la ciudad esto ha decaído mucho, como consecuencia de la violencia y el temor, y por el cierre de alternativas culturales locales. Hoy la gente se encierra a ver televisión, o sale a tomar trago. Mas alternativas: mejores parques y zonas verdes, áreas de recreación publica campestre, bibliotecas, teatros de barrio, actividades musicales y teatrales, son parte de lo que falta en la ciudad. Por otro lado, la ciudad debe mejorar estéticamente (como lo ha hecho en alguna medida): estos factores aparentemente secundarios hacen parte de los intangibles que cambian al menos en parte la actitud de las personas. Y ciertas facilidades menores, que disminuyan factores de conflicto e irritación son importantes: sitios de parqueo, vías para bicicletas, equipamiento callejero, baños públicos limpios, aleros en las calles y paraderos cubiertos de los buses.  

5. En las sociedades modernas, no existe ciudadanía sin partici­pación. Venimos en Colombia, es cierto, de una tradición política en la que la participación de los ciudadanos en el manejo de la vida publica es limitada. Antes, todo el gesto participativo se concentraba en un momento ritual: la elección del presidente y del legislativo, cada cuatro anos. Los elegidos decidían luego por todos. Hoy el esquema institucional permite una participación mayor. La elección de alcalde y de concejales es más importante, pues manejan ahora recursos y autonomías significativos. En Colombia, en las viejas condiciones, el ritual electoral se deterioró: las personas, desanimadas por la imagen de corrupción de la política o atraídas por la retórica de las ventajas del cambio violento, dejaron de votar. Medellín es el caso mas dramático y radical: de 1.000.000 de personas mayores de 18 anos, no vota nunca mas de la cuarta parte, Los habitantes de los barrios populares, de la zonas nororiental o noroccidental, en la practica han delegado en otros grupos la elección de autoridades municipales, lo que no les impide quejarse luego de que no atienden sus demandas.  

 La apatía, la idea de que uno no influye para nada, reduce la calidad de vida de las personas. En la realidad, los mecanismos y posibilidades de participación que da el ordenamiento actual son mucho más grandes de lo que parece y de lo que la gente cree. Un barrio que participe en las elecciones, en las condiciones actuales, puede con algún esfuerzo tener peso real en el concejo municipal y en la administración; un barrio que se organice y actúe unificadamente para lograr resolver sus problemas acaba forzando a las autoridades locales, con un poco de paciencia y persistencia, a enfrentarlos y apoyarlos. Pero es difícil romper las barreras existentes a la participación electoral y política: la ciudad no tiene movimientos cívicos de alcance serio y duradero, no tiene partidos políticos reales, que actúen con permanencia en la formulación de alternativas para la ciudad y escojan a sus candidatos con base en su trabajo continuo por la ciudad. Los procesos de selección de candidatos para la alcaldía, como lo muestra la coyuntura electoral actual, tienen una lógica diferente a la de la participación: se trata de buscar figuras con algún atractivo, que se ven obligados a definir un programa a ultima hora y que no pesa mucho en el proceso electoral mismo, y que construyen su aparato electoral a partir de trozos de los partidos, no de una red real política local, con presencia continua en los barrios y que llene la función de ordenar en forma continua el debate y la búsqueda de soluciones sociales. 

  Algo ha cambiado en los años recientes, sin embargo: un núcleo creciente de ciudadanos participa en los barrios en los asuntos locales, en forma mucho más autónoma, independiente y seria que antes. Los organismos comunitarios, las asociaciones de vecinos, los grupos juveniles, las mismas juntas de acción comunal, se han reactivado. En muchas zonas, algunas ONGs han servido de catalizadores de este proceso.  Sin embargo, no es algo del todo consolidado. Y la ciudad y la administración municipal han ido generando espacios mayores de participación y discusión cívica: en los barrios se discute anualmente el plan de inversiones del municipio; el concejo municipal busca formas de escuchar desde más cerca las inquietudes de las comunas, este seminario constituye una oportunidad de debate y participación alrededor de los problemas de Medellín. Muchos grupos sociales que se habían retirado de los asuntos cívicos ajenos a sus responsabilidades directas vuelven a preocuparse por ellos. Las Universidades, los sectores empresariales muestran un vínculo mayor con los problemas urbanos, y una creciente voluntad de colaboración y generosidad. 

  La ciudad tiene además una experiencia reciente de muy baja participación en otras áreas. Los llamados movimientos sociales -movimientos femeninos, del medio ambiente, juveniles, de tercera edad, los grupos sindicales, las cooperativas, los organismos comunales - están en un estado muy incipiente: no tienen proyectos coherentes amplios, no tienen, con algunas excepciones, una dirigencia reconocida y experimentada, que les permitan proponer alternativas a la ciudad. Después de años de debilidad, parecer estar resurgiendo, pero todavía están en un nivel que apenas les permite una gestión inmediatista y exitosa de algunas reivindicaciones frente al estado y de promoción de una capacitación inicial de sus propios activistas.  

 Todo esto muestra la necesidad de encontrar una estrategia que lleve a una mayor participación, tanto cívico-comunitaria como política, porque apenas se esta comenzando. 

La formulación de una política para enfrentar las dificultades presentadas antes, y para buscar líneas de acción en cada campo, eventualmente debe estar influida por una perspectiva relativamente clara de la ciudad que queremos. Medellín ha crecido y se ha desarrollado sin tener realmente un proyecto de futuro. En 1913 se formuló un plano del Medellín futuro. Fue un gesto visionario de algunos dirigentes cívicos, que tuvo algún impacto real en ordenar algunos procesos de crecimiento y urbanización, pero no fue una visión integral de ciudad. Por ello, las regulaciones y normas derivadas de ese plan se limitaron a los puntos centrales de la urbanización de nuevos barrios. Pero la ciudad no impuso normas mínimas exigentes en términos de equipamiento urbano de los barrios, de espacio publico, de áreas verdes, de zonas deportivas, de instalaciones culturales, de arborización. Tampoco tuvo una perspectiva de plazo mediano que le permitirá definir con anticipación el uso de la tierra, sectorizar la ciudad y hacer respetar las decisiones. Lo que se mantuvo medianamente controlado hasta 1950 se desordenó luego, justamente en el momento en que se adoptó un plano regulador, que raras veces fue mas que una guía para la ejecución, inconexa y desordenada, de algunas obras de cierta magnitud por el sistema de valorización.  

 Hoy, frente a la insistencia en quitar normas y regulaciones que se vino con el proceso de modernización económica, hay que recordar que toda ciudad amable y exitosa del mundo ha sido una ciudad muy planeada, en la que ciertos valores públicos han puesto restricciones muy vigorosas al juego del mercado o de la inversión privada, por razones históricas, estéticas, urbanistas y de comodidad de todos. Ni al más radical neoliberal europeo se le pasaría por la cabeza permitir que los inversionistas destruyeran un área histórica del centro de sus ciudades para ampliar las calles o hacer unos edificios altos. Solo nosotros hemos aprendido a justificar el desorden, pero no por el beneficio que trae a la gente, sino con invocaciones abstractas al progreso, que de todas maneras se da, y se da mejor, si hay planeación urbana. No hay que olvidar que en el mejor de los casos, las cosas seguirán ocurriendo según lo determinen las decisiones de inversión, de manejo de la tierra, de localización de la industria: la planeación urbana más vigorosa es apenas un leve freno a los efectos negativos que puede producir el mercado sobre el desarrollo de las ciudades. 

 Pensar qué Medellín queremos, formular algunas imágenes del Medellín futuro, del Medellín de aquí a quince o veinte años, puede servir para dar alguna coherencia mínima a lo que busquemos. Voy a tomarme la libertad de señalar algunos rasgos mínimos de la ciudad que deberíamos empezar a definir: 

 1. La ciudad no debe crecer mucho más. Unas población máxima de 2 a 2.5 millones de habitantes debe ser el objetivo. Esto supone sin embargo definir donde vivirán 500.000 nuevas personas en la ciudad, y en que condiciones, y esto no es fácil. Ya no debe autorizarse construcción legal de interés social que no tenga unos parámetros mínimos de comodidad individual: hay que subir gradualmente el mínimo de metros de cada vivienda y compensar fuertemente la vivienda mas reducida con obligaciones de espacio público utilizable por la comunidad. Las normas de construcción deben buscar generar conjuntos armónicos, reduciendo el caos actual de la ciudad, y definiendo densidades, alturas, facilidades peatonales continuas, espacios sociales y públicos, etc.  

 2. La ciudad requiere, en los próximos 10 años, instalaciones escolares para unas 200.000 personas más. Esto supone reservar y adquirir espacios y lotes adecuados para construir entre 150 y 200 instituciones educativas nuevas, que deben tener especificaciones adecuadas: una reserva de unas 200 hectáreas debe incluirse en un plan de mediano plazo, y no esperar a que, en 5 o 10 anos, la estrechez sea todavía mayor que hoy: hoy esto suena utópico y casi imposible, porque no hay donde construir; pero donde habrá espacio luego si no señalamos ya los sitios de reserva y se hace un plan de mediano plazo para irlos adquiriendo? 

 3. la ciudad requiere instalaciones públicas nuevas importantes:

         a. Un número de unidades deportivas integrales, hasta completar quizás una por comuna. Igualmente, un núcleo cultural (biblioteca, salón de actividades culturales y cívicas, cine, teatro, video, multimedia) básico descentralizado en 20 o 30 sitios.

b. Es preciso reservar y planear, para la ejecución gradual durante 10 o 15 años, los espacios y los recursos para ciertas dotaciones básicas culturales: museo de ciencias, museo de historia urbana e industrial, un amplio museo de arte moderno, el Museo de Antioquia y atender las necesidades de expansión del sistema de bibliotecas publicas: la Piloto no es suficiente hoy, y cada vez lo será menos.  

 4. La ciudad requiere recuperar gradualmente el río y las quebradas, al menos las que están aun abiertas. Para esto existe ya un plan, con recursos y perspectivas claras, por lo que no creo necesario insistir en este tema. Igualmente dejo de lado el problema ambiental, que va convirtiéndose en tema abordado cada vez con mayor seriedad: es obvio que todos queremos una ciudad que tenga el aire limpio, que esté arborizada y que tenga nuevas zonas verdes. La reserva y adquisición de áreas adicionales para un cinturón verde real alrededor de la ciudad es obviamente otra prioridad, antes de que las urbanizaciones informales ocupen todas las laderas: no basta poner en un plan la vocación verde de algunas zonas, sino se adquieren cuando todavía no están en la mira de los urbanizadores y sus costos son aún bajos.  

  5. Es preciso prever el flujo de personas y vehículos futuro. La ciudad esta entrando en un proceso de crecimiento del parque automotor que puede eliminar en tres o 4 anos los efectos benéficos del metro: la inversión de 2.000.000 de millones en el metro puede anularse si no hay un manejo previsor de los problemas de transporte privado. Esto supone definir sistemas de transporte publico complementarios al metro, como se esta en parte haciendo, combinaciones de transporte privado-parqueaderos-transporte publico y otras alternativas bien calculadas. 

  6. Es importante pensar en una meta en términos de descentralización de la administración local. ¿Que decisiones deberán, a la larga estar en manos de comités de barrios, autoridades de comuna, etc.? ¿Hacia donde hay que moverse en el campo de las funciones de delegados locales de la autoridad ejecutiva (alcaldes menores, etc.) y de cuerpos electivos o participativos locales? Quizá una reformulación de la estructura y la cobertura de las JAL seria interesante: para que estas actuaran en forma conjunta con otros organismos comunitarios -un comité educativo, un comité deportivo, un comité de seguridad y convivencia- y para que reciban gradualmente mayores competencias autónomas, incluyendo asignaciones presupuestales para proyectos que cubran determinadas áreas. El primer seminario de alternativas de futuro propuso las Juntas de Participación y Convivencia, con la idea de que fueran 34; el plan no pudo ejecutarse, por razones muy complejas, pero el esquema puede servir para reformular la distribución actual de comunas y Juntas Administradoras Locales.  

 7. A pesar de que en la atención de salud Medellín tiene unos resultados muy satisfactorios, existen aún algunas áreas en las que es preciso mejorar los índices locales. Parece que la mortalidad infantil esta ya por debajo de 18 por mil. Por niveles internacionales, esto quiere decir que todavía hay cada año unos 400 niños que mueren y que podrían salvarse. Me parece que deben formularse metas locales y verificarse su cumplimiento. El problema de nutrición es otro en el que es posible generar respuestas concretas a las deficiencias de la ciudad. Me parece posible eliminar en dos o tres años la desnutrición severa en Medellín, y hacer campañas eficientes que reduzcan en buena parte la desnutrición debida a un uso inadecuado de recursos alimenticios existentes. Pero Medellín, en 10 años, debería tener resuelto el problema de desnutrición, aun si esto exige ampliar mucho el sistema de subsidios que hoy favorece sobre todo a los niños en edad escolar. Lo que se invierte en este campo se ahorra en gastos médicos, en atraso educativo, en marginalidad y eventualmente en la violencia y todos sus costos asociados.  

         La definición del Medellín futuro debe hacerse mediante un procedimiento que genere consenso social. Mas que formular en forma acelerada un plan de desarrollo -para lo cual existen ya mecanismos mas expeditos- es preferible que las autoridades municipales -Concejo y administración- convengan con entidades gremiales y cívicas el desarrollo de formulaciones, mediante procedimientos muy participativos, para las áreas principales en las que es posible definir un modelo futuro: espacios públicos, áreas verdes, equipamiento cultural, educativo y deportivo, sistema de transporte publico y masivo. De este modo, las decisiones concretas adoptadas por la administración comenzarán a inscribirse en una imagen definida de plazo mediano (y no solamente en objetivos aceptables pero difusos, como los que han caracterizado los planes "estratégicos" adoptados hasta ahora en muchas ciudades del país, y que permiten luego que cualquier decisión concreta sea compatible con el "plan".) En Medellín, la actual administración formuló los lineamentos generales de un eventual plan: sobre esta base, con una mirada al Medellín futuro y con un proceso de participación amplio, seria viable un proceso de definición más precisa de los objetivos de la ciudad y de las acciones concretas que hay que adoptar en una perspectiva de largo plazo.  

 Además de los procesos en los cuales es posible definir una especie de imagen o paisaje de la ciudad que queremos, de la ciudad futura, es preciso hacer mas coherentes las acciones relativas a las otras áreas, en las cuales de algún modo las dificultades son mayores y que dependen en buena parte de acciones de orden nacional:

         1. Seguridad: se han intentado múltiples estrategias para enfrentar este problema, definidas por el gobierno nacional o los planes locales, pero falta aún una política clara, aceptada por todos y que garantice continuidad. Me parece importante ir convirtiendo gradualmente los cuerpos policiales especializados en prevención y vigilancia en una especie de policía local, así haga parte administrativa de la policía nacional. Es importante que se garantice la continuidad del personal policial contra el que no hay motivos de descontento: agentes que conozcan a su comunidad, que tengan relaciones con ella. Y oficiales que estén en Medellín mas de 8 o 10 meses, y se trasladan, dado el sistema de ascensos y jerarquías de la policía, cuando empiezan a familiarizarse con los problemas locales. Un Jefe de Policía en cualquier ciudad europea o norteamericana lleva 10 o 15 años de acción en la policía de su ciudad: entre nosotros, un jefe de policía pasa por 5 o 6 ciudades distintas en un número similar de años. No me parece difícil lograr que, con excepción de los cargos nacionales más altos, los ascensos se den con independencia de la "rotación" entre ciudades de menor o mayor importancia. Esto debe estar acompañado de una mejor definición de la autoridad de los alcaldes sobre la policía, de una verdadera institucionalizacion, esbozada pero aun no consolidada en Medellín, de formas de participación de otros sectores en la discusión y diseño de las estrategias de seguridad, de la consolidación de juntas participa­tivas de convivencia, seguridad y derechos humanos alrededor de todas las inspecciones, de unos mecanismos de queja que den confianza a la comunidad para denunciar a los miembros de la policía sin los temores que todavía subsisten. Medellín ha comenzado a desarrollar, como Cali, un nuevo sistema de seguimiento epidemiológico de la violencia. Creo que vale la pena que los resultados de este trabajo sean conocidos por amplios sectores de la comunidad, y se discutan con los dirigentes comunales, para que tengan claridad sobre las situaciones de sus sectores y sugieran alternativas y medidas concretas. Hay que convertir la decisión de desarmar gradualmente a la sociedad civil en un programa priorita­rio, con metas muy precisas y una evaluación continua: estamos hablando de esto hace tres o cuatro años, y haciendo algo, pero nadie sabe muy bien cuales han sido los resultados y que tan enérgico ha sido el esfuerzo hecho. Por ultimo, dada la evidente relación del consumo excesivo de alcohol con la violencia, es igualmente urgente un plan integral de educación sobre consumo del alcohol, para que le gente vuelva a aprender a usar bien el trago, y para que su combinación con conductas de riesgo -manejo de vehículos, uso de armas- sea controlada con toda energía.

     2. Justicia: Este sector, a pesar de las reformas prometedoras recientes, no ha dado todavía indicaciones de un mejoramiento real en sus resultados. Seguimos en Medellín, por lo que parece, sin que se descubra quienes cometen los delitos más graves. Sigue aparentemente vigente un sistema de investigación preliminar muy judicial, muy de abogados, más bien que de verdaderos expertos en establecer los hechos. El refuerzo de la Policía Judicial es esencial, así como la especialización creciente de las unidades de fiscalía, y la publicación de indicadores estadísticos de eficiencia. La imagen de que la justicia funciona no puede depender de pequeñas filtraciones sobre algunos procesos sobre casos muy notables, que dan temporalmente la sensación de una eficacia muy grande pero luego, cuando pasa el tiempo y lo que estaba resuelto resulta sin aclarar, crean otra vez la imagen de que no se ha avanzado mucho. ¿Cuantos procesos por homicidio ha concluido la fiscalía en lo que lleva del año? Parece que ni ella misma lo sabe 

    Otro aspecto que la ciudad no ha hecho consciente es el de la rehabilitación de jóvenes infractores. Las facilidades en construcción son claramente insuficientes para la ciudad, por lo menos en el corto plazo, y la inversión en este tema es esencial si queremos recuperar para una vida productiva a miles de jóvenes que de otro modo, constituirán el eje de las organizaciones delictivas del año 2000. En este terreno, la inversión, que aparentemente es alta, tiene un beneficio de plazo mediano muy grande, así no la reflejen los modelos económicos que no incorporan fácilmente el costo de la violencia y el delito futuro. Hay que reforzar también lo que se esta haciendo en prevención de drogadicción, que es de todos modos mucho.

     3. Empleo: sin duda, buena parte de la calidad real de vida de la ciudad va a depender de lo que pase en este campo. Aunque en lo fundamental esto depende de las estrategias económicas globales, creo que vale la pena seguir buscando mecanismos concretos para atender situaciones especiales de la ciudad, en particular lo que tiene que ver con el apoyo a la microempresa, a sectores muy vulnerables (jóvenes, mujeres cabezas de hogar) y todo lo que tiene que ver con la capacitación. Espero que PAISAJOVEN, que se ha constituido recientemente, logre consolidarse, con el apoyo de la administración municipal.  

Me he extendido más de lo conveniente. Pero no quiero concluir sin señalar que Medellín enfrenta hay un problema que es al mismo tiempo una de sus mayores oportunidades: como abrir un verdadero espacio para la participación pacífica en la vida ciudadana de quienes conformaban las milicias populares. Es fácil ver lo que puede significar, en violencia, en desespero, en bloqueo de nuevas posibilidades de reinserción de otros grupos, el fracaso de un proceso como el que esta en marcha. Toda la ciudad debe pensar qué puede hacer, cómo puede colaborar para que la violencia contra los reinsertados frene, y para que la Cooperativa de Vigilancia se consolide, logre actuar dentro de un amplio respeto de la comunidad y supere conflictos internos preocupantes. Yo creo que Medellín necesita contar con un equipo mayor para el manejo de los procesos sociales de reinmersión: me parece urgente que el gobierno nacional y el gobierno local se pongan de acuerdo para ampliar los recursos administrativos para apoyar las acciones de capacitación, servicio social y empleo de los jóvenes, en particular de los que no están en la cooperativa. Y aunque no puedo dar recomendaciones, pues esto requiere una familiaridad detallada  con los problemas de seguridad de la cooperativa, me parece esencial que se tome como la mayor prioridad disminuir los riesgos de los vigilantes. Si esto funciona, y de alguna manera el hecho de que la violencia en la zona nororiental sea hoy mas o menos la mitad de lo que era hace dos años muestra que puede funcionar, la ciudad habrá mostrado otra vez que tiene la habili­dad, esencial ante una crisis como la que hemos vivido, de convertir sus problemas en fuente de soluciones imaginativas.  

  Me despido hoy públicamente de un cargo que he ejercido con entusiasmo por casi dos años. He visto el fervor con el que amplios sectores de Medellín trabajan hoy por su ciudad, por su barrio, por su sector social. He visto, y agradezco, la consagración cívica de las gentes de los barrios, de los dirigentes de las ONGS., de muchos miembros de las administraciones locales. He tenido la experiencia de una ciudad llena de energía, y creo que esto alienta esperanzas serias de que sigamos avanzando, para construir poco a poco el Medellín que queremos, y el Medellín que, después de tantas angustias, nos merecemos.  

Jorge Orlando Melo
Intervención del Ex consejero presidencial para Medellín en el Seminario Alternativas de Futuro, septiembre de 1994

 
 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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