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Los años del optimismo
 

En diciembre de 1927 se publicó un lujoso libro de Diego Monsalve sobre el café colombiano, probablemente financiado con recursos del gobierno, que presentaba un detallado cuadro del país. En las curiosas ilustraciones pueden verse gráficos en los que el crecimiento en los sacos de café exportados, cuidadosamente dibujados, corresponde al aumento de matrimonios en los campos cafeteros de Antioquia. Los negocios públicos, es evidente, generaban esperanzas privadas y las bonanzas comerciales internacionales repercutían hasta en los sitios más remotos del territorio. El clima de optimismo lo muestra muy bien la serie de afirmaciones, en varios idiomas, con un color para cada uno de ellos, con las que comienza el libro del café :

Colombia: su población es esencialmente pacífica, laboriosa, inteligente y frugal, honrada, valerosa, generosa y amante de la libertad y el progreso, de espíritu hospitalario, independiente y emprendedora.

Hay tolerancia de ideas religiosas y libertad de prensa

No existen prejuicios de raza porque se goza de iguales derechos en todo el país

Sus libertades públicas no se registran en ningún otro país del mundo...

La paz está cimentada en forma imperecedera

La seguridad personal y el respeto por la propiedad son tradicionales.

No era este el clima de los primeros años de la década de los veinte. La época final de la primera guerra mundial dejó una situación económica y financiera difícil, que se prolongó hasta 1923: bajas exportaciones, altas tasas de cambio, un amplio déficit fiscal y frecuentes crisis locales se conjugaron para dar a los colombianos la sensación de que el país estaba pasando por una época dura.

Las dificultades económicas tenían claras repercusiones sociales y políticas. Después de la guerra, obreros y artesanos de diferentes partes del país comenzaron a organizarse para tratar de mejorar su situación, estableciendo sindicatos, partidos políticos obreros y socialistas, organizaciones gremiales y de beneficio mutuo. Surgieron huelgas, protestas y motines públicos, en los que con una frecuencia antes desconocida los ánimos se exaltaban y llevaban a enfrentamientos que dejaban, usualmente por cuenta del nerviosismo de la policía, algún obrero muerto. El partido socialista, creado en 1918, empezó a atraer intelectuales y artesanos, y obtuvo votaciones sorprendentes, hasta que el partido liberal, en 1922, decidió abandonar una tradición de relativa despreocupación por los temas sociales de las poblaciones pobres de las ciudades, y acogió la esencia de las reivindicaciones que conformaban el credo socialista. Un núcleo fiel logró crear en 1926 el Partido Revolucionario Socialista que, al ver otra vez que buena parte de sus intelectuales de buena familia se deslizaban al liberalismo triunfante, se convirtió en el Partido Comunista.

El gobierno de don Marco Fidel Suárez (1918-1922) no había sido fácil. El presidente creía que los problemas sociales debían ser enfrentados con una actitud de caridad cristiana y apenas logró comprender la complejidad de los problemas económicos y sociales en los que estaba entrando el país. En el terreno internacional, había querido, como casi todos los dirigentes colombianos, normalizar las relaciones con los Estados Unidos, y tuvo la suerte de ver al menos que el tratado Urrutia-Thompson era aprobado por el senado de ese país. Sin embargo, su manejo de estas relaciones le produjo continuas y exasperados conflictos con la opinión pública y sus propios funcionarios. Una carta famosa en la que decía al cónsul en Nueva York que explicara a los “influyentes interesados” que las leyes colombianas cambiarían para favorecer los inversionistas petroleros fue vista como el colmo de la abyección. En ese clima, con un partido conservador dividido y que parecía perder piso frente a un liberalismo cada día más confiado y seguro de sí mismo, sus propios copartidarios, encabezados por Laureano Gómez, lo obligaron a renunciar.

¿Qué había ocurrido en los años siguientes para que todo pareciera haber cambiado? En primer lugar, un claro cambio en el ritmo de la actividad económica: el crecimiento de las exportaciones cafeteras, la expansión de las importaciones y el ingreso de capitales extranjeros (el pago en indemnización por la pérdida de Panamá, préstamos privados y públicos e inversiones, sobre todo en petróleo), dieron nueva animación a la vida económica interna. Crecieron los ingresos, los salarios, el empleo y los consumos, hasta el punto de que pocos años después se hablaría irónicamente de estos años como los de la “danza de los millones”. Estos cambios cuadraban muy bien con la imagen que se tenía del presidente Pedro Nel Ospina (1922-1926): un ingeniero formado en Estados Unidos, rico propietario de haciendas, industrias y empresas comerciales, culto pero pragmático, y que añadía a estas cualidades el excelente inglés que le permitiría atraer a los inversionistas y banqueros norteamericanos. Era el presidente que más podía contrastar con el tímido gramático y latinista que lo había precedido, y el que mejor encarnaba los nuevos tiempos. Pues los nuevos tiempos eran del dinero, el desarrollo económico, el auge cafetero, las vías de comunicación, motocicletas, automóviles y camiones, los aviones de SCADTA, los puertos y el petróleo, el desarrollo de nuevas instituciones bancarias y financieras, el cine, los diarios de ya amplia circulación y el balbuceo de la radiodifusión, los edificios de concreto y los ascensores.

Estos años locos, descritos en el libro de Anita Gómez de Cárdenas que lleva este nombre , fueron de euforia, sobre todo para los grupos altos. Medellín, después del desempleo y la pobreza de 1919, comenzó a recuperarse, y en 1923 un rico empresario local, Gonzalo Mejía, gastó casi un año haciendo una lujosa película –Bajo el Cielo Antioqueño- en la que participó, como en un inagotable carnaval, buena parte de la sociedad antioqueña, dejándose filmar en fiestas, bailes de charleston y fox-trot, banquetes y paseos. Las mujeres estaban cambiando: muchas salían ya de escuelas de comercio, como cajeras, vendedoras y secretarias en los distintos comercios, y algunas, como Teresita Santamaría, trataban de impulsar el desarrollo cultural del bello sexo con revistas como Letras y encajes, en las que aparecían sus cuentos, poemas y ensayos, o formando grupos de teatro. En todas las ciudades, como decían, “bajaban los escotes y subían las faldas”: son años en los que se descubre y valoriza el cuerpo, lo que conduce a impulsar el deporte, la gimnasia, la buena alimentación y la limpieza. Y a las fábricas entraban sobre todo las mujeres, que también empezaban a tener colegios de educación secundaria. Algunas trataban de protegerse de los riesgos de la ciudad en las instituciones religiosas que alojaban jóvenes obreras, pero otras se sumaban gradualmente al mundo de los conflictos sociales y políticos. Las fiestas estudiantiles y florales coronaban a jóvenes de sociedad, pero pronto los temas sociales se mezclaron, y en Medellín María Cano fue coronada flor del trabajo en 1925: iniciaría con ello una larga experiencia de lucha a favor de los derechos de obreros y trabajadoras.

Pero no fueron años malos para otros sectores sociales. Casi cualquier índice muestra que las cosas estaban cambiando positivamente, sobre todo en las ciudades: nuevos consumos, mejores servicios públicos, una higiene urbana que, como lo muestra Catalina Reyes en su libro sobre Medellín, empezaba a cambiar las horribles condiciones sanitarias de las ciudades, junto con vacunas más eficientes, y el lento cambio hacia la electricidad doméstica, iniciado con la iluminación y, para los grupos altos, con la estufa y el gramófono.

Los intelectuales colombianos también vivieron sus años de ruptura y esbozos vanguardistas, aunque más bien tímidos si se les compara con los que ocurrían en Europa, en esos años en los que, en la frase de Hemingway, “París era una fiesta”. Los jóvenes (Alberto Lleras, Luis Tejada, Germán Arciniegas, Luis Vidales, Jorge Zalamea, León de Greiff) se denominaron “nuevos”, para distinguirse de Luis Eduardo Nieto Caballero, José Eustacio Rivera, Eduardo Castillo o don Luis López de Mesa, conocidos como “centenaristas”, y a los que Alberto Lleras acusaba de adorar la “gramática y la metafísica” Luis Vidales, con sus “suenan timbres” trató de sacudir la retórica acartonada de los poetas colombianos, mientras León de Greiff consolidaba su experimentación verbal, Pepe Mexía buscaba expresar con una línea austera una sociedad más tensa y en camino a la modernización y Rómulo Rozo esculpía indígenas, como la Bachué que se llevó en 1929 a la exposición de Sevilla y dio nombre a toda una corriente estética y cultural. Pero sobre todo Ricardo Rendón dejó un testimonio gráfico e irónico de estos años, con su extraordinaria obra de caricaturista, que ilustra mes a mes la vida política y los conflictos sociales de esta década.

En forma paralela, Agustín Nieto Caballero en el Gimnasio Moderno y Miguel Jiménez López en Boyacá trataban de reformar la educación e introducir métodos más activos, menos memorísticos, basados en las experiencias y ejercicios de los alumnos, en su curiosidad e iniciativa. Los nuevos institutos técnicos retoman la tradición de las escuelas de artes y oficios: para las nuevas épocas, saber hacer un tornillo es más importante que declinar el latín. Mientras tanto, la Biblioteca Nacional inicia el sistema de ficheros de tarjeta y la catalogación decimal y consigue un teléfono.

Guardadas las proporciones, un clima similar se vivía en otras partes. Optimismo, frivolidad, tensiones sociales, derroches y lujos, audacias literarias y estéticas estaban en la orden del día. Un clima más aferrado al progreso económico en los Estados Unidos, más inquieto social y políticamente en Alemania, Italia o Francia, más inseguro en España, pero en todas partes abierto a la innovación y a las promesas de progreso indefinido.

Y como en esos países, fue otra vez un fenómeno económico, la crisis de 1929, la que sacudió brutalmente el optimismo reinante. En Colombia, la crisis, precedida por la tragedia de las bananeras de diciembre de 1928, otra vez apareció la amenaza del desempleo, de la caída de las exportaciones, de la miseria y el estancamiento. Sin embargo, menos desarrollados como éramos, los efectos fueron también menos serios, y quizás la solidez de las instituciones bancarias, que debía mucho a las reformas de Kemmerer (quien volvió en 1930 a sugerir remedios para la crisis) ayudó a minimizar aún más los daños del colapso económico mundial. Pocos años duró la contracción económica, pero al reanudarse la normalidad y el crecimiento, el país entró en una época caracterizada más bien por cierta inquietud por las incertidumbres del futuro y por una contraposición radical entre el proyecto político de modernización, que ahora se volvía inesperadamente liberal, y las resistencias del partido conservador a permitir el fin de un orden tradicional en el que se apoyaría ahora con decisión casi suicida. Los años del optimismo quedaban atrás.

 

Jorge Orlando Melo

Publicado en El Tiempo, “Lecturas de fin de Semana”, 31 de mayo de 1998

 

Diego Monsalve, Colombia cafetera, Barcelona, 1927

Aníta Gómez de Cárdenas, Medellín los años locos : una mirada a la década del veinte a través de los diarios de un testigo 2a. ed Medellín : Impresos Urgentes, 1985, Este texto se apoya además en Germán Colmenares, Rendón, una fuente para la historia de la opinión pública (1984), y Carlos Uribe Celis, Los años veinte en Colombia, (Bogotá, 1985), así como en mis artículos “La república conservadora”, en Colombia Hoy, y “De Carlos E. Restrepo a Marco Fidel Suárez” en Historia Extensa de Colombia (1989)

 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización Febrero de 2014
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