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Una María de Armas Tomar[1]
 

Llegó un momento en el que no pudo soportar más los recuerdos: ese cielo brillante de Salamina, como el de los días del más frío invierno en Estocolmo, pero lleno de una tibieza sin límites. O esas montañas de Medellín, vistas por última vez apenas dos años antes, al atisbar, desde Santa Elena, ese hueco verde que lo había alegrado cuando tenía 25 años y quería descubrir un nuevo mundo y probar si tenía éxito como minero, un oficio que tenía tanto de azar como la ruleta.  Pero él no podía jugar sino en el trabajo: caería la rueda de la fortuna en su número, pero como premio a un esfuerzo sin descanso, como el que había tenido trabajando durante 7 años en fundiciones y talleres de mecánica. De eso hacía ya medio siglo. Veinte meses atrás había vuelto a Medellín y caminando, con el carretero, por las calles empedradas de la ciudad, subiendo la falda al cementerio de San Lorenzo. El esfuerzo le hizo perder el aliento. A los 76 años no se resiste todo, y tras el largo viaje de Bogotá a las minas del Porce, y luego a Medellín, en mula y a pie, se sentía fatigado pero sabía que se recobraría. La mina era excelente, el Porce era el Pactolo de América, y se trataba simplemente de volver a Suecia a buscar capitales para trabajarla en una forma moderna, y no como si nada hubiera ocurrido desde los tratados renacentistas, desde la Re Metallica. 


David Manzur: María Martínez de Nisser. Pastel sobre papel. 65x50cm. Reproducido en: Del amor y del fuego. Bogotá. Cama/León, Tercer Mundo editores. 1991

El carretero, fatigado, le preguntó algo. No contestó: iba a poner la lápida sobre la tumba de María, María Antonia, Marucha. La había traído desde Suecia, labrada en el taller de Claestorp. ¿Cuándo la vio por última vez? Se le deshacía en la memoria: fue en 1857: ¡casi 20 años! La había dejado, como siempre, para buscar el oro esquivo: a San Francisco y luego a Australia, a donde llegó tras dos meses de tempestad en el Pacífico. En Australia las pepitas de oro pesaban cuatro o cinco castellanos, y él, como ingeniero de minas, estaba seguro de que finalmente encontraría la veta buscada. Podría regresar pronto a Medellín, donde se había quedado viviendo Marucha, a reabrir las minas del Porce y de Anorí y a seguir enseñándoles a estos antioqueños cómo explotar vetas y aluviones. Fundó la Antioqueño Association for the Working of Gold Mines in Australia y buscó algunos inversionistas, que no aparecieron: tuvo que agotar su escaso capital. Y nada logró: desiertos y desiertos, centenares de mineros tras los pocos hallazgos nuevos. El oro se le escondía. Acabó publicando artículos sobre las minas de Antioquia, los robles de Santa Rosa de Osos, los indígenas del Darién. Y dictando conferencias, buscando hacer una invención que le permitiera ganar con qué empezar de nuevo. Todavía tenía los recortes: sobre las naves que harían realidad el sueño del vuelo dirigido, que debían construirse en aluminio, o la constancia de la patente que obtuvo sobre un material explosivo que permitiría romper las rocas como huevos.  

¿Por qué se quedó tanto tiempo? No eran las mujeres: poco lo atraían, desde hacía mucho. Quería volver a donde María, pero con algo en la mano, no con otro fracaso. ¡Cuánto afán! ¡Cuántos esfuerzos perdidos! Muchos suecos se habían ido para esa Colombia recién independizada que Carl Hauswolff había descrito en cartas y conversaciones: minas repletas, soles eternos, aguas transparentes, montañas verdes como prados de juego. Las minas compradas desde Londres habían sido puras estafas: probablemente los vendedores nativos les habían añadido oro en polvo, para que en las pruebas resultaran bien atractivas, y la mina de Juan Criollo, en la que comenzó a trabajar, había sido saqueada por el propio socio de Hauswolff, el cura de Remedios, antes de que ellos llegaran a explotarla. Pero el oro existía, sólo que era necesario cambiar los métodos, usar molinos, ingeniería, y eso requería capitales que nunca eran suficientes. Y por ese oro se entusiasmó Hauswolff, y se trajo a su esposa María y a su cuñado Carl Segismundo von Greiff, con sus aires de noble, y su mujer remota y episcopal, y lo invitó a él, Pedro Nisser, cuando trabajaba en la fundición de Finspang como mecánico. Viajes ásperos, agobiantes, siguiendo caravanas de mulas –llevaban 66, cargadas de productos suecos e ingleses- por caminos que parecían perderse en las nubes. Si estaban, es verdad, los soles, los arroyos ruidosos, las brisas prometidas. Rionegro, Medellín, Santa Rosa de Osos: la primavera del universo, con esas mujeres de ojos transparentes y un pelo rubio que le recordaban las mujeres de su infancia. Pero algo tenían de tropical, un desorden que contrastaba con la compostura de las suecas de Helsingor o Gotemburgo, o con el rostro difuso de su madre, Sara Margaretta.

Las mujeres de Rionegro, Santa Rosa y Anorí fueron intereses pasajeros. Su único afecto, su única ternura había sido para Bárbara Caballero, a quien llamaban "La Marquesa"; era ya una mujer madura, que le organizó un baile de fandango y bunde cuando iba por primera vez para Remedios. Y en su casa, en Yolombó, Bárbara lo alimentó y lo cuidó con hierbas medicinales cuando regresó, enfermo y decepcionado, de Juan Criollo. ¿No le había dicho don Pedro Sáenz que ese era un sitio donde “la mayoría de la gente se enferma de muerte”? Pero a Sonsón fue como médico y no como paciente, y curó al cura, José Tomás Henao, y vio a esa maestra de escuela ojinegra y morena de 17 años, que por una vez, una sola vez en la vida, le despertó la pasión. Mientras atendía a toda la ciudad, se entretuvo enseñando canciones suecas a siete jóvenes: allí estaba María Martínez, que tocaba la guitarra y cantaba, aunque sin mayor talento. Hablaba un inglés tartamudeante, que le pareció milagroso, aunque ya no lo necesitaba pues su español era capaz de servirle en el trabajo y el amor. Pero le gustaba hacerle leer a Clarissa, una novela de Samuel Richardson que misteriosamente había encontrado el camino hasta Sonsón, para escuchar su acento, hasta que se enteró que lo había aprendido con un enamorado minero inglés. Pero no se preocupó mucho: se había ido hacía año y medio, y no había muchos riesgos de que volviera a cumplir sus promesas a una novia aún niña. Y en todo caso, 540 largas noches eran tiempo suficiente para secar cualquier cantidad de lágrimas. ¿Y el francés? Nunca pudo aclarar por qué podía leerlo, o mejor, nunca se lo quiso preguntar directamente. Se casaron casi dos años después, y escribió a su hermano describiendo a la “niña suiza”, como la llamaba entonces, por su carácter “nada colombiano”. La había conquistado, después de su indiferencia inicial, contándole que sus hermanos habían plantado ocho árboles en la tierra familiar de Hagelsnas, uno por cada miembro de la familia: debían haber sido nueve, para completar una cifra sagrada. ¿No aceptaría hacer parte de la familia, para ocupar el noveno sitio? Ella, probablemente soñando con su inglés, guardó silencio, pero Pedro escribió a Samuel, quien hizo una ceremonia para plantar el noveno árbol, y describió el rito en una carta en español para doña María. Esta vez lo aceptó, y se casaron en Sonsón, con Pedro Sáenz, el hombre más rico de la provincia, y el padre Henao como padrinos.  Las celebraciones terminaron, al gusto de Nisser, que se había enamorado de la música local, con bailes y canciones. Se fueron a la finca de la novia, con sus “cascadas y torrentes, principios y despeñaderos, rocas peligrosas, fuentes medicinales, baños termales” y allí estuvieron dos días “al pie de la cascada susurrante”. Al fin tuvo que irse “de la hermosa Suiza, pero con la niña suiza a mi lado”, hacía Anorí, a compartir las minas con el amor: ¿cómo olvidar, pero cómo recordar sin que se le estrechara el corazón, unos ojos tan animados, el rostro proporcionado y ese carácter tan decidido y arrojado? 

Finalmente, otra vez en Suecia, ya con más de setenta años, pero todavía ágil, delgado, quizá más pequeño que antes, lo alcanzó la noticia: había muerto en la casita de San Ignacio, junto al colegio, y la había enterrado en un desfile en el que aparecieron conservadores ilustres que nunca volvieron a visitarla: hasta el gobernador, el doctor Berrío, que no podía olvidar el telegrama que le había mandado, firmado por ella y muchas mujeres más, para celebrar el triunfo de los conservadores contra las tropas de Pascual Bravo. ¡Siempre tan decidida, tan conservadora, tan azogada, tan simple y tan creyente! Tenía que ir a la Nueva Granada otra vez. Pero ya no era la Nueva Granada: lo liberales habían ganado, menos en esa Antioquia que conocía tan bien, de la que había dibujado mapas, cuyos pliegues excesivos reconocía sin abrir los ojos. Ahora se llamaba otra vez, como en su juventud, Colombia, los Estados Unidos de Colombia. No importaba: volvería a ese país, a su país. Regresaría a visitar la tumba de Marucha, subiría otra vez por el Magdalena, caminaría desde Nare a Rionegro, y allí en medio del aire más luminoso del mundo, trataría de encontrar los viejos amigos, los que lo habían visitado cuando estuvo preso, por orden de Salvador Córdoba, en la guerra civil. Pocos amigos tuvo en esos años en Rionegro: era el pueblo de los liberales. Antes, recién llegado, todos eran amigos: las primeras minas en las que trabajó fueron las de don José María Montoya y sus yernos Pedro Sáenz y Sinforoso García, y fueron ellos los que le compraron las mercancías traídas en el Cristóbal Colón. Fue solamente después de que el otro Córdova, el mayor, se rebeló contra Bolívar, cuando comenzaron las rivalidades políticas a separar a la gente, pero todavía no era asunto suyo. Doce años después se había hecho tan amigo de los Ospinas y de Aranzazu y de los Henaos y los Bernales y los Jaramillos y de toda la gente rica de Sonsón y Medellín, que no le sorprendió la rabia que tuvo contra el coronel Salvador Córdova, su viejo amigo, en cuyo matrimonio había estado apenas llegado a Rionegro, y que estaba armando una guerra civil por razones incomprensibles, cuando este país lo único que necesitaba era orden, y los que podían establecer el orden eran los conservadores. Y claro, con una esposa que hablaba de la Constitución y creía en la Iglesia y el poder legítimo, él, sueco y todo, no podía desentenderse. Cuando comenzó la guerra se juntaron 40 hombres en Sonsón, para ir a Medellín a sumarse a las fuerzas del caucano Borrero. Pedro fue con ellos, pero tuvo que soportar la insistencia llorosa de Marucha, que se quería ir a la guerra. Peleó en Itagüí, la única batalla de su vida, y nadie la ganó: los dos ejércitos pidieron tregua con bandera blanca, empezaron los tratados, y se perdió lo ganado. En todo caso, volvió a Sonsón, con las alforjas llenas de papeles pintados, con los mapas de Rionegro y todo el camino de Sonsón a Abejorral y de allí a Rionegro: esos planos podían servir en las acciones militares, podía ayudar más como ingeniero que como soldado.  

Como a los dos meses de comenzar la rebelión, llegaron los soldados de Córdoba a Sonsón y se tomaron la casa cural. Braulio Henao y él tuvieron que esconderse en la casa de Juan María Jaramillo, un arrendatario de su tío Lorenzo. Allí llegó Marucha a decirle que se fuera, que habían cogido a Ignacio Bernal y que mejor esperara a que pasara la borrasca. No hizo caso, y se devolvió al pueblo. Le prometieron entonces un pasaporte si se iba lejos, a la costa, con su mujer. No quiso aceptar: María lo habría visto como una cobardía, y lo mandaron desterrado a Rionegro. Luego lo apresaron, y tuvo que dormir en la misma cárcel en la que había dormido cuando llegó la primera vez a Rionegro, pero entonces fue simplemente que no pudo encontrar una pensión en todo el pueblo y el alcalde, gentil, le cedió la hamaca donde dormían los infrecuentes presos.  

No estuvo preso ni tres semanas: logró fugarse y se escondió en Medellín y allí supo cómo había acabado la batalla de Salamina. Le dio rabia no haberla visto, no haber podido acompañarla en las batallas, haberse quedado escondido en vez de acompañarla en la guerra; pero era un extranjero, y prófugo además. La batalla fue el 5 de mayo, y el 13 ya estaba ella en Marinilla, con él. Por supuesto, se había enterado de lo que ella había hecho. Todo el mundo hablaba de eso; una mujer luchando al lado de los soldados, defendiendo, como decía ella, “la Constitución y la ley”. Se había cortado el pelo, lo tenía un poco como un recluta, aunque más parejo. Pero no alcanzaba a imaginársela vestida de soldado, con pantalones rojos y blusas verdes, y eso le dolía, no haber podido verla. Le preguntó se había traído los vestidos militares, y ella le dijo que sí, que estaban en la maleta, y que Petronilo le traía la lanza que le habían dado en el ejército del Mayor Braulio Henao. Esa noche no aguantó la curiosidad, o el deseo, o la gana, y le pidió, cuando iban a acostarse, que se pusiera el vestido de soldado. Al principio no quiso, pero luego se perdió en el cuarto vecino y luego la oyó que le decía: “Cerrá los ojos, Pedro, y no los abrás hasta que yo te diga”. Al abrir los ojos la vio como nunca la había visto, menos suya, a pesar de la coquetería sumisa con la que estaba allí, sonriendo tímidamente. Y aunque esa noche la amó, nunca más volvieron a dejarse llevar por esa pasión callada y medio prohibido que era el sexo. Era otra, era extraña, había entrado en otro mundo. Llovían los decretos en su honor. En Medellín se presentó a una celebración a caballo, con su uniforme militar y al oírla decir un discurso en el que habló de la religión, de la ley y la Constitución y de cómo todos tenían que estar dispuestos a coger las armas para defender al gobierno, miraba a esos hombres y a esas mujeres, porque curiosamente eran muchas las mujeres, que la miraban en el balcón, y la sentía cada vez más remota, como si nunca la hubiera tratado y a pesar de todo estuviera enamorado de esa extraña, porque sentía que la amaba más que nunca.  

Don Lorenzo María, un escritor y actor bogotano, había escrito que Marucha era una ramera. Cuando se estaba durmiendo, ahora, casi 40 años después, todavía le dolía. Se extrañó de que lo molestara tanto: debió ser más sueco, más indiferente a un insulto que no quería decir mucho. Guardaba el recorte en el bolsillo, ya casi deshecho, de un periodiquillo bogotano: “Sí, se ha insultado el pudor, dígalo el escándalo con que en las Cámaras legislativas se ha visto llenar de aplausos y elogios y aun dar un decreto concediendo una condecoración a una ramera, María Martínez, quien con mengua de la honestidad y recato de su sexo, embragó la adarga, caló la celada, y empuño la lanza confundiéndose con la impúdica soldadesca”. No, ramera no, ni riesgos: podría jurar que allá en Medellín, al morir con sus 60 años, nunca le había sido infiel, no había conocido otro hombre. No era raro que esas antioqueñas levantiscas se enamoraran de otros hombres, aunque fue más frecuente en los años agitados en que llegó, cuando los guerreros de la Independencia seducían a mujeres ansiosas de héroes. Pero no Marucha. Rara mujer: más apasionada que él, llena de mimos y moños y arrumacos y refranes y decires para alentar el amor. Pero tranquila con sus abandonos, con los viajes a las minas, a la tierra caliente. Quedó embarazada tan pronto como se casaron, y luego otra vez, pero los dos hijos murieron: María Margarita y Pedro Segismundo, uno tras el otro, sin que sirvieran de nada sus artes médicas, aprendidas en los libros. Estuvo adusta y reservada, pero no lloró, y siguió atendiendo sus niños de la escuela con una dedicación llena de ferocidad.  

II

Durante la guerra había hecho un Diario, y se lo entregué para que lo leyera: ahora no sé si amaba más a Nisser o amaba más la emoción de luchar para defender nuestras leyes de los ataques egoístas de un rebelde. Nunca dudé de la fidelidad de Nisser a las ideas del orden: un europeo no se sumaría a los facciosos, ni siquiera Pedro, que en tantas cosas se parecía a los antioqueños, tan activo y alegre, pero en tantas era tan diferente. Quería cultivarme, que escribiera mis ideas, que leyera en francés e inglés. Hasta ajedrez aprendí con él, un juego que aquí nunca han jugado las mujeres.  

“Por lo que he leído, y por lo que estoy viendo, conozco que siempre es mejor un gobierno legítimamente establecido, aunque tenga sus faltas, que la rebelión, la facción, o llámese guerra civil, cuyos males son tantos tan enormes y de tan funestas consecuencias, que siempre son el rompimiento del pacto social, de ese pacto formado por la voluntad del pueblo legalmente representado”. 

La revolución empezó triunfando, pero pronto las buenas gentes empezaron a enfrentarla, y los rebeldes empezaron a perder terreno. Al enterarme de que el coronel Córdoba había sido derrotado en Riosucio por el general Juan N. Gómez, que venía con ayuda de los conservadores del Cauca, fue tanta mi alegría que estuve “bailando y cantando con seis amigas y ocho o diez señores de los más entusiastas del pueblo: los demás ministeriales, aunque en extremo alegres, nos reprendieron diciéndonos que “todavía no era tiempo, que las bayonetas del tirano estaban muy cerca y que era comprometernos”; pero ¿quién podía moderarse? Nos parecía que éramos libres y nos burlábamos de su timidez. Creo sí que ya no hay que temer, ¡gracias al Todopoderoso! 

Las discusiones políticas se presentaban a cada momento, y yo no me quedaba callada: a un defensor de Córdoba le dije: “Una mujer soy y llegará el día en que les pueda hacer ver a estos miserables que yo pertenezco, no con la boca, sino con mi persona a los defensores de la Constitución y de la ley”. 

Y al llegar el general Vicente Borrero, vimos que se acercaba la hora del triunfo, y Nisser fue sumarse a él: “Me han dado deseos de acompañar a Nisser, y lo he propuesto; pero me ha suplicado que no me exponga. Con mayor sentimiento dejo ir a mi esposo sin mi compañía, pues a su lado podía yo ver todo lo que sucedía y ¡ausente... cuánto más penosa es la incertidumbre! Por la noche “volví a instar a Nisser para que me dejara ir a acompañarlo, pero me respondió sonriéndose, “en otra ocasión, o cuando yo no pueda ir le toca a Usted”.  

El ejército de Borrero se enfrentó a los rebeldes en Itagüí, en una batalla que debíamos haber ganado, pero al general le faltó decisión. Allí estuvo Nisser, y a su regreso le dije “que me había llenado de placer al ver el entusiasmo que manifestaba por el bien de mi patria y que sus ofrecimientos en Itagüí le hacían honor, porque yo sabía que de cuantos extranjeros existen en esta provincia, sólo él había ofrecido sus servicios en aquel campo; y esto es tan placentero para mi corazón...” 

Nisser hizo un mapa que puede ayudarnos algo, en caso de que la guerra se acerque a este lado de Antioquia. El dibujo “da una perfecta idea de los puntos que deben ser ocupados por las fuerzas que se esperan del gobierno, y a fin de que no puedan errar el tiro, y que ninguno de los cabecillas escape”.  

Los rebeldes tienen el control de Sonsón, pero no nos han oprimido mucho: apresan a uno que otro de los nuestros. Nisser le ayudó a escapar a Hilario Jaramillo, con una estratagema muy simple: le mandó una droga para el estómago. La tomó e inmediatamente pidió permiso para ir al solar, y ¡ni razón de Hilario!  

En marzo, asustada “con el peligro de mi esposo, le propuse se retirara del lugar mientras pasaban las borrascas, y lo hizo en efecto, habiéndolo convencido que yo le avisaría lo que hubiera”. 

Llegó luego la orden de destierro para Pedro, pero antes de irse planearon los legitimistas más importantes un golpe contra los liberales. Yo estaba enferma cuando Nisser me contó lo que iban a hacer y “mis males desaparecieron al momento; y levantándome le dije seriamente: ´Pues yo espero que ustedes tengan a bien que los acompañe, para tener el gusto de ayudar a asegurar a nuestro supremo´ Entonces él me sonrió creyendo que era chanza; pero viendo que estaba resuelta me dijo: “aunque usted se expone, permitiré que nos acompañe”. Pero el complot fracasó, por la imprudencia de uno de los participantes, y al saberlo “me quedé tan aturdida como si hubiera visto caer un rayo a mis pies”. 

A comienzos de abril tuvo que cumplir Nisser las órdenes de los tiranos y salió desterrado a Rionegro “a estar allí a la vista de los amos. ¡Ah! ¿Cuándo se sacudirá este yugo?”. 

El 15 del mismo mes fue el pronunciamiento de Sonsón a favor del gobierno de José Hilario de Márquez: “¡Día memorable, y sin duda el más satisfactorio de mi vida! Aunque son las doce de la noche, y todo el día he estado en continuo movimiento, no pienso acostarme; pues ¿cómo es posible entregarme al sueño, en lugar de estarme recreando en la dicha de este día? Toda mi vida resonará en mi oído ese grito que hizo estremecer mi corazón de contento, ¡viva el gobierno legítimo! Tal vez no podré arreglar mis ideas para referir los sucesos de este afortunado día, ni mis lágrimas me dejan escribir. ¡Sólo aquellos a quienes el gozo ha hecho llorar alguna vez, sólo ellos conocerán el valor de estas lágrimas, y cuán diferentes son las de las que en estos seis meses pasados me hizo verter muchas veces el más acerbo dolor, al contemplar la situación de mi adorada patria!”. 

El 19 supe que habían apresado a Pedro. “¡Qué ideas tan tristes me rodean! No sé qué partido tomar en este momento, que será la una de la mañana. Mi ternura me aconseja que vaya a Rionegro a acompañarlo en su prisión, pues mi presencia se la hará más llevadera; más el bien público en general me dice que no... Mañana me presentaré a Braulio, le pediré una lanza; marcharé enseguida en compañía de mis dos hermanos y demás patriotas de este pueblo, y contribuiré de este modo a la libertad de mi suelo”. Esto servirá de ejemplo, pues “¿qué hombre que tenga vergüenza se quedará viéndome marchar en las filas?”. 

“Ahora, que serán las doce de la noche, he concluido mi blusa y me la he medido, y una de mis hermanas que creía hasta ahora que todo era chanza ha llorado mucho al verme cortar el pelo y ponerme en traje de hombre”. Al día siguiente “me levanté a las cinco y me vestí de militar con la agradable idea de que cuando me volviese a poner camisón estaríamos libres o si no habría muerto con ese traje. Como a las siete monté a caballo, me presenté en la plaza en donde estaban ya formados y dirigiéndome al señor Henao hablé en estos términos: Mayor Henao, el amor a mi patria y a mi esposo me han puesto en este traje. Dadme una lanza para acompañaros y seguir en medio de estos valientes. Poderosas razones me hacen ofrecer esta débil prueba de mi afecto hacia mi patria y mi esposo. ¡Compañeros! Resuelta estoy a acompañaros en vuestra noble lucha, cuyo norte es el exterminio de nuestros enemigos y el restablecimiento del orden. Estoy pronta a participar en vuestras fatigas y peligros, así como espero ser testigo de vuestro triunfo. Nuestra divisa debe ser, vencer o morir. ¡Viva el gobierno y la Constitución!” Los días siguientes fueron de rutinas, limpiando fusiles, componiendo los dañados, haciendo ejercicios y luego, el 28, se dio la orden de marchar. En Arma, el sitio donde acampamos en la orilla del río se inundó y mojó los fusiles; si el enemigo nos hubiera atacado en esa situación, con las armas inservibles y contra el río, habríamos tenido que pasar a la bayoneta. Como mis compañeros vacilaban en pasar el río, mandé pasar mi caballo primero, “y viendo que pasó, atravesé el puente para que mi ejemplo sirviese a los irresolutos; caminé a pie más de una hora por una cuesta pendiente y resbalosa; luego monté y con unos pocos llegué a la Ciénaga”. El 2 llegamos a Salamina, donde esperábamos enfrentar al enemigo. En la noche del cuatro “no he tenido un momento de sosiego; unas veces me veía en el calabozo al lado de Pedro, diciéndole que muy pronto se vería libre; y otras en la guardia de prevención del supremo viéndole amarrado, insultado y que lo hacían caminar descalzo; y para calmar el dolor que me causaban estas ideas, me trasladaba con la imaginación al campo de batalla”. En mis ensueños, vi a Bolívar, que “sentado sobre un cañón, me dejó distinguir estas palabras: Buenavista, Tescuea, Salamina...” El cinco apareció la gente de Córdoba. En la plaza, formados, les dije a los de mi ejército: “Sed serenos e impávidos, y mirad a nuestros enemigos con aquel noble orgullo que siempre acompaña a los defensores de la ley. Pereced antes que rendir o humillar vuestro patriotismo a estos cobardes opresores”. El día siguiente comenzó la batalla. Comenzaron los tiros, y por el sitio en que estábamos pasaban las balas. “El comandante Henao mandó al capitán Jaramillo con orden de que tanto los jóvenes que me acompañaban como yo nos retiráramos de aquel puesto que a cada momento se hacía más peligroso. Se le contestó negativamente a este señor”. En la tarde, los enemigos trataron de entrar a la meseta. “Mi corazón palpitaba; los momentos eran sin duda los más preciosos de mi vida; cada instante me parecía un período considerable, el fuego sobre la derecha correspondía con prontitud a lo que se esperaba: ningún enemigo pudo acercarse por allí”. Finalmente, huyeron los cobardes. Busqué los prisioneros y a los primeros que encontré les “pregunte por mi esposo, y ellos me respondieron que había quedado preso en Rionegro. Vi el campo lleno de muertos y heridos; y al oír los clamores, ayes y lamentos, me horroricé y llena de pena contemplaba esta dolorosa escena, conmovida cuando reflexionaba que esto se debía a unos pocos ambiciosos. La Providencia nos había concedido un triunfo espléndido y el supremo, Córdova, cayó en nuestras manos”. 

Seis días después en Abejorral, al entrar en la casa de Pedro Restrepo, “experimenté una de aquellas gratas emociones que el corazón suele sentir sin saber la causa; mi pensado esposo corrió a mis brazos y con demostraciones del más tierno afecto, me llenó de parabienes y coronó los goces que el amor a mi patria y a él me habían hecho experimentar”. 

III

Dos meses después se fue para las minas, que parecían condenadas a filtrar tierra y agua sin que apareciera el oro, y allí vio llover sin descanso quince días, y decidió quedarse. Pasaba meses en las minas, y volvía apenas unos días a los sitios donde tenía su hogar, la casa de su mujer: a Salamina, primero, y luego a Medellín, y luego otra vez a Salamina, a pesar de lo cerca que quedaba, pues ejercía entonces, desde que empezó a necesitar un trabajo más regular que el de las minas, tan poco agradecidas, de médico en las minas de Marmato.  

En esos años se le reforzó el interés por la mecánica. Se empeñó en diseñar nuevas herramientas y máquinas, para mejorar la navegación en el Magdalena o fabricar trapiches mejores, y mandó los dibujos a Suecia, a donde sus amigos de los talleres metalúrgicos. No era un sueño nuevo: con sus propuestas técnicas se había ganado ya un premio en rublos y una medalla de oro del Zar Nicolás I, que decía: “Pedro Nisser, americano, viro rerum metallurgicam illustrisimo”. Si, era americano, había viajado sólo una vez a Europa, en 1833, para conseguir capitales para las Anorí Stream Gold Works que había trabajado con Carl Segismund von Greiff. Esa vez sí había salido todo como lo habían previsto. El folleto sobre las minas de Antioquia, publicado en Londres, con mapas dibujados por él y De Greiff, interesó a los inversionistas, y se consiguieron 25.000 libras. Todavía recordaba la primera asamblea de socios, en la George and Vulture Tavern, en Cornhill. Después, es cierto, se perdió la plata, y acabó sosteniéndose con la medicina, recetando polvos suecos a gentes que no conocían sino la ipecacuana y el ruibarbo. Tan americano era que Aldercreutz, el cónsul sueco, no lo había incluido en la lista de sus compatriotas: debió pensar que se había hecho neogranadino.  

Nada salió de casi veinte años en Australia. Quería volver a Colombia, pero no se decidía. No lograba imaginar cómo estaba su esposa, si lo seguía amando o estaba resentida por una ausencia tan larga. Estaba sola, en Medellín, ni un hijo vivo tenía. ¿Cómo podía quererla tanto y abandonarla tanto? Las cartas ocasionales eran demasiado escuetas, no mostraban ese gusto por escribir que ella había tenido antes. 

Cuando salió de Australia se fue por El Callao, y estuvo en Lima, y estuvo a punto de quedarse allí, como médico en las explotaciones de guano que tenían los suecos. Siguió más bien a Europa y Londres, y al llegar se enteró de que su mujer había muerto, en 1872. Se obsesionó entonces con volver, estaba enterrada en el cementerio de San Lorenzo, y tenía que llevarle la lápida, tenía que ponerla con sus propias manos, en ese cementerio medellinense en el que la acompañaban tres o cuatro suecos. La suerte le sonrió: un comerciante bogotano se apareció en Estocolmo, y acabaron haciendo planes conjuntos. Se comprometió a diseñarle herramientas para la minería y la agricultura colombianas, y luego le propuso que hicieran una gran expedición de productos suecos, para vendérselos a esos comerciantes caricolorados, corteses y llenos de promesas, de Bogotá. Finalmente, después de meses de preparación el viaje pudo hacerse, y se embarcó otra vez para América. Nunca había estado en Bogotá, a donde llegó con un nombramiento como cónsul honorario y llamándose doctor, un título que nunca antes se había atrevido a usar. Al comienzo creyó que no soportaría la ciudad ni sería capaz de preparar lo que hacía falta para abrir la exhibición. Sin embargo, todo se resolvió, y el presidente Pérez hizo la inauguración: salones llenos de herramientas, químicos, armas, flores artificiales y pinturas con paisajes suecos. La prensa habló de ella con entusiasmo en Bogotá y en Estocolmo, y sintió que finalmente había logrado realizar algo. Pero realmente lo que quería era otra cosa: ver sus minas y visitar la tumba de Marucha. Arrancó para Antioquia y al fin, en un día soleado como los que siempre recordaba, pudo colocarla: hubo que desmontar la tierra, pues el pasto ya la tapaba: estaba enterrada en el suelo, y habían escrito en unos ladrillos: “María Martínez de Nisser, 1812-1872”. La que él llevaba decía: “En memoria de amor conyugal”, y la frase quería otra vez decir algo: había vuelto a enamorarse de su esposa, o nunca había dejado de estar enamorado de ella.  

Esa vez no aguantó mucho y empezó a desesperarse, en la pensión de la plaza de la Candelaria, calculando el momento en que sería mejor partir. Resistió, eso sí, la tentación de pasar por Salamina y ver su vieja casa, y no quiso esperar más en Medellín. Se fue derecho a Nare, pasó por Rionegro sin mirar los cartuchos y los novios de las casas encaladas y tuvo que esperar dos semanas en el puerto, en medio de un persistente calor húmedo, a que llegara el vapor que lo llevaría a Sabanilla en otra larga semana de caimanes y prácticos, para seguir a Liverpool. En Suecia fue el triunfo: en el Hotel Rydberg le ofrecieron un banquete y el rey Oscar II lo hizo Caballero de la Orden de Gustavo Vasa. Pero le robaban sus inventos, otros se enriquecían con ellos y el futuro estaba en Colombia. En esa primavera tibia y vibrante de flores de 1877 no resistía más los recuerdos y lamentaba haberse devuelto: ésa era la tierra en la que quería trabajar y morirse. Tenía que volver a Colombia, a Medellín, a Anorí y el Porce. Al fin de cuentas ya no era un nórdico, sino un hombre del sur, un colombiano, como se había identificado a sí mismo cuando llegó a Australia. Y en Colombia estaban los hilos de oro en las montañas, esperándolo, y su mujer y sus hijos. Si nada salía, podría al menos descansar al lado de Marucha, recuperar los años en que no fue capaz de estar con ella.  

Empezó a buscar socios e inversionistas para volver a abrir la mina del Porce, de la que todavía tenía papeles y acciones. Pero nadie se interesaba, no había capitales para eso: el negocio era venderles machetes y cuchillos y pólvora a los colombianos, y no enterrar la plata en las minas. Agarró entonces otro embeleco: una expedición zoológica, para buscar los cóndores y las aves del trópico. Consiguió un compañero de aventura, un joven teniente llenó de ensueños que se entusiasmó con la idea. Sus amigos le prestaron con qué comprar el pasaje y vendió las pocas cosas que le quedaban, menos sus medallas, la del Zar, la que le dio el presidente Herrán a Marucha, una que hizo hacer en Australia para simbolizar el avance de la civilización; las regaló al Museo Histórico Real.  

El viaje fue breve, y en alta mar se enfermó: el hígado ya no le funcionaba bien. El buque alemán paró en Jamaica y no pudo continuar el viaje: tuvo que ir directamente al hospital. Escribió su testamento, legándole los vestidos a Adolf von Rosen, quien le había hecho un retrato y prestado plata para los pasajes, y le había encargado, hacía ya muchas décadas, diseños para sus barcos y sus fábricas. Lo demás, que se lo enviaran a don Pascasio Uribe, en Medellín. Al fin se cansó del hospital y se fue a una casa, atendido por negras acuciosas y visitado todos los días por el cónsul. Fueron cuatro meses de agonía en Kingston. Estuvo escribiendo una carta a su hermano Samuel, pero no avanzaba: su cuerpo comenzó, como un castillo de cartas bajo el viento, a desmadejarse; los recuerdos se incendiaron y se iban haciendo cada día más insoportables y siguió postrado más por la nostalgia y el desespero de no poder seguir el viaje que por la fiebre. El médico inglés que venía a verlo, parsimonioso e irónico, no le decía nada, pero se dio cuenta de que no le haría nada, no le prometería nada, no le curaría nada. ¿Llegaría a Medellín? Tenía que recuperarse para seguir el viaje, ver minas y pájaros y para buscar a María.  

¿Y a dónde iba? “A visitar la tierra de mi esposa, en los Estados Unidos de Colombia. Sabe, doctor, yo viví allí más de treinta años, buscando oro y sin encontrar nada. Pero ahora tengo una mina muy buena, en tierras del Porce. Y aunque trato de pensar en otra cosa, no logro dejar de pensar en Marucha, así se llamaba, sabe, vestida de militar, con pantalones rojos y blusa verde, y con el pelo de hombre y una larga lanza en la mano. Sabe, ella fue un guerrero famoso, y hasta la condecoraron. Pero ya me acostumbré y quizás esta vez tampoco encuentre a mi mujer, ni oro, ni nada”. 

Jorge Orlando Melo  


 

[1] Este texto complementa hechos reales con desarrollos imaginarios. Los libros de Rosa Nisser y el padre Roberto Tisnés, y los artículos de don Néstor Botero y Olof Selling, dan la información básica sobre el tema. Las partes que están entre comillas en la segunda sección reproducen textualmente el Diario de los sucesos de la revolución en la provincia de Antioquia en los años de 1840-1841, de María Martínez de Nisser. Agradezco la gentileza de Alberto Arias de Greiff y la colaboración de Fernando Molina.

 
 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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